Una de las ingenuas fascinaciones de nuestro tiempo consiste en creer que un hecho visual artístico y un hecho sonoro artístico se sincronizan por medio de sofisticadas conexiones digitales.
Otra es que las artes existen separadamente, y por éso se pueden combinar.
Finalmente, los lenguajes y códigos entorno de las supuestas artes específicas se supone que definen cosas diferentes con palabras iguales, aunque es al revés.
Una buena parte de estas confusiones se producen en la transición entre los conceptos culto y popular.
El
lenguaje visual puede ser referencial, simbólico, representativo,
figurativo, intuitivo... etc. y todas estas clasificaciones fijan los trazos
de lo que definen a partir de la comparación con las evidencias
de la percepción directa.
El
lenguaje sonoro se lateraliza: por un lado, la actividad verbal, por el
otro, la musical. Ambas son incomparables con la realidad o son la realidad,
porque son inefables, es decir inexplicables e inevitablemente abstractas.
Sólo toman sentido junto a otros lenguajes sensoriales (y lo hacen
con mucha fuerza) cuando se sincronizan con ellos.
La unidad de sincronicidad es el ser humano.
Puede existir una obra de arte audiovisual desincronizada, a condición de que los elementos que la integran se produzcan en espacio-tiempos diferentes. El Gernika de Picasso y la Novena de Beethoven son hechos desincronizados excepto si se perciben al mismo tiempo.