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LA CORRIENTE DEL
RÍO
Recuerdo muy bien la expresión de la cara de aquel perro al que le contaron un chiste en la estación de autobuses de Alcalá de Henares. Movió las cejas varias veces y bostezó, luego se rascó la oreja con la pata trasera y salió disparado tras demostrar un inusitado interés por una mosca que pasaba. El perro era de Valencia y esperaba un autobús junto a un señor de generoso perímetro y escaso cabello que caminaba absorto por el andén, jalonando a velocidad regular la distancia comprendida entre una máquina de productos de pastelería y una señora entrada en años que se abanicaba con energía. La mujer había dejado en el suelo un cesto de mimbre cubierto con un paño a cuadros rojos y blancos que no dejaba adivinar el contenido. Sonó la voz metálica que anunciaba el autobús para Cuenca a través de los altavoces. Aquella cinta había sido grabada por una joven que en su tiempo libre colaboraba en la radio local y que formaba parte de un colectivo de estudiantes de periodismo que también llevaban adelante una pequeña publicación gratuíta que se repartía en los bares del casco viejo y se financiaba con la publicidad de éstos. Era un folleto de doce páginas a dos tintas, de las cuales, 10 estaban dedicadas a temas diversos de la siguiente manera: una página la ocupaba el editorial, dos recogían una entrevista con un personaje local, otra trataba sobre temas ecológicos y otra más presentaba cada semana una receta de cocina y algunos consejos culinarios. La agenda de eventos recomendados en la ciudad ocupaba una página más y el resto, descontando portada y contraportada, consistía en una página para la crítica de libros, otra para la de discos y conciertos, y dos de publicidad de los locales y pequeñas salas de arte que financiaban la publicación. En el número de aquella semana, la entrevista estaba realizada por un joven gallego, estudiante de último curso, que había adquirido cierta notoriedad en la ciudad por haber protagonizado diversos incidentes en un aparcamiento público la noche del eclipse de luna más espectacular del siglo. Aquel muchacho cojeaba debido a un antiguo accidente y era natural de Betanzos, un municipio coruñés bien conocido por su gastronomía y ciertos elementos monumentales que contribuyen a su buena fama. El tío materno de aquel joven había viajado por todo el mundo en busca de fortuna trayendo a la Villa, a su regreso, el que se considera el huevo de dinosaurio mejor conservado del mundo, expuesto hoy en el museo local. Esta circunstancia le permitió conocer a uno de los más renombrados paleontólogos, un norteamericano aficionado al tabaco de pipa y autor de libros considerados fundamentales para el estudio de las especies extinguidas. Del encuentro entre el científico y el viajero quedó una expresión popular que aún hoy utilizan los nativos del lugar para decir “no, gracias”. La vida del ilustre paleontólogo también merece atención: ingresó en el cultivo de la ciencia en la edad adulta, tras dedicar su juventud al ballet clásico y recorrer el mundo con una compañía rusa que triunfó en las más importantes ciudades de occidente. Su interés por los dinosaurios se despertó tras una aventura amorosa con un zahorí holandés en Islandia. El zahorí era hombre de pocas palabras y grandes éxitos que había hallado agua en las tierras más yermas y vetas de mineral en las minas más explotadas. Aprendió tal arte en Armenia y trabajó para empresas y gobiernos, siempre con éxito, lo que le llevó a cosechar gran reputación y obtener importantes sumas que invirtió en bolsa y en la creación de escuelas de jardinería en los Países Bajos. De dichas escuelas, la más importante está ubicada en Rotterdam y ha sido dirigida siempre por una mujer singular, emparentada con una antigua familia de saltimbanquis belgas y distinguida con varias condecoraciones a lo largo de su vida por los servicios prestados a algunas monarquías europeas en temas de espionaje al más alto nivel. Del hermanastro de esta mujer hablamos a continuación: está considerado hoy en día como el mejor piloto de ingenios aerostáticos y cuenta con miles de horas de vuelo, que ha repartido entre vuelos civiles y misiones meteorológicas de alto valor para la agricultura de muchos países. Hombre de pocas palabras, desconecta la radio del globo y confía por completo en su conocimiento de vientos y climas para dirigir esos inseguros ingenios con una maestría que llevó a un famoso periodista a llamarle “hijo del viento, hermano del gas”. Dicho periodista cuenta con un buen puñado de libros, mayormente biográficos, dedicados a personajes secundarios de la historia aunque, a la luz de su investigación, fundamentales. Sólo uno de su trabajos escapa a la clasificación: se trata de un breve ensayo sobre las virtudes de la nuez de cola. El editor de su obra se mostró siempre reticente a publicarlo, hasta que cierto famoso escritor insistió vivamente en la oportunidad de hacerlo. Ambos realizaron un viaje de tres meses a través del África subsahariana a lo largo del cual establecieron algunos datos geográficos totalmente innovadores, exploraron zonas jamás holladas por un europeo y adquirieron piezas de arte popular que se muestran en diversos museos. Las fiebres acabaron con ellos al poco tiempo de su regreso, pero la huella de su trabajo impresionó a un joven estudiante, a la sazón, heredero de una familia centroeuropea que había amasado una importante fortuna gracias a la importación de la nuez de cola. Estudiante de antropología en Cracovia por entonces, llegó a ser decano de su facultad y padre de trece hijos, lo que fue considerado una extravagancia por sus contemporáneos aunque produjo un extraordinario aumento de ilustres paleontólogos unas décadas más tarde. Su tercer hijo fue precisamente el primer investigador que se tomó realmente en serio la posibilidad de medir los periodos históricos en sentido inverso. Su famosa teoría sobre el inicio de la historia en el año 2004 para ser leída cronológicamente al revés, conmocionó el ámbito científico aunque tuvo muy poca trascendencia popular. El más entusiasta defensor de dicha teoría fue un médico sajón, establecido en Moscú que, según numerosos testigos, era capaz de acertar el número de personas que asistirían a sus conferencias antes de que éstas entrasen en la sala. Hombre dado a los excesos, frecuentó los tugurios moscovitas con distintos grados de éxito hasta dar con la que sería la mujer de su vida en una parada de autobús, después de haber recibido una considerable paliza. Nacionalizada soviética aunque nacida en Suecia, aquella mujer había atravesado en solitario el desierto de Gobi en tres ocasiones y desarrollado la facultad de conocer el momento exacto y la magnitud de las tormentas que se producían en un radio de 100 kilómetros a su alrededor. Aquella extraordinaria capacidad salvó la vida i la economía de muchas personas ya que permitió rescates y salvamentos de familias enteras así como de rebaños y otros bienes, como el de 16000 cabezas de ganado en una finca australiana mediante camiones de gran tonelaje de los que se usan para transportar ingenios aeronáuticos. continuará...
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