UN
TEXTO CLARAMENTE SUBMUNDIAL:
PEDRO PATATILLAS, DETECTIVE RONCHIS
EN GARBANCIUTAD.
por Victor Nubla
(NOTA DEL TRANSCRIPTOR.
Pedro
Patatillas, detective Ronchis en Garbanciutad, es el
título de un tema de Macromassa, que se encuentra en el disco
UMYU (Las flores amarillas también dan entradas nuevas a los
perros), publicado en 1995. Para ser más precisos, dos temas,
uno con el título completo y otra en forma de reprise titulado
precisamente Pedro Patatillas reprise. Eso viene a ser del dominio
común, sin embargo pocos saben que hay una narración con
el mismo título que, al parecer, escribió Victor Nubla
durante el mismo año. Se trata de un texto fácilmente
asimilable al espíritu de la novela Los Hechos Pérez.
Formaría parte de la extensa producción en torno del
Submundo Pérez, en el momento que comienzan a redactarse los
primeros textos sobre zoología, antropología y
física submundial. La versión recuperada aquí se
presenta inconclusa, debido obviamente a la imposibilidad de hallar el
texto restante. Unos sostienen la opinión de que nunca fue
terminado. Otros afirman que es muy probable que se perdiera en alguna
de los numerosos cambios de formato que estos textos sufrieron durante
sucesivas importaciones a sistemas operativos nuevos, pues es bien
sabido que, a partir de 1992, los Macromassa escribieron
prácticamente todo su material literario en un Macintosh
Classic, sin que haya versión en papel de todos esos textos. Al
final de la historia, encontrarán nuevas anotaciones sobre el
texto que nos ocupa y su posible continuidad. Muchas gracias.)
INTRODUCCIÓN.
Enroscado sobre sí mismo, el
reptil Aurelio hacía caridad a la puerta de su casa. Tras la
puerta, el mustélido Juan Alberto fingía escuchar
atentamente las palabras del reptil. En el piso superior, enfundando
colchones, la rapaz Ceferina se concentraba en el problema
número veintitrés del Tratado de Matemáticas que
Pisco Trotamundos había publicado en 1.9234. Ajenos por completo
a la historia que se desarrollaba en el Submundo, hacían
transcurrir el día. Pero, ¿qué sucedía
mientras tanto? Veamos:
PRÓLOGO.
Tuve que hacerlo. Es decir, hube de
ocuparme en ello de una manera activa. No dudaba que, a largo plazo,
podía resultar beneficioso para mi organismo. Estamos
convencidos habitualmente de la capacidad de nuestros semejantes para
comprendernos. Somos, pues, seres homoterrenos. Serpientes de barro.
Alhajas olvidadas en una cueva olvidada. Un ribete en un friso. Un
sombrero en un paragüero. El sonido de las motocicletas en la
noche lunática es como el tableteo de las tabletas
tableteantes... desde esa perspectiva, ¿quién
daría más por menos? ¿quién daría
menos por Max?.
Max y su hermano...
cuántas noches alucinadas en el lecho de una carretera perdida
que despedía el calor del día bajo las estrellas de
agosto. Max y su hermano... la bicicleta con un pedal más alto
que otro. El pedal que crecía, aumentaba. Y el otro, que
disminuía y menguaba.
¡Max riendo ante un
calendario primitivo con hojas de papel!. Me olvidaba de las horas en aquella
posición. Y de los bocadillos. Años después
encontré a Max en una hondonada de blanda hierba. Quemaba
barritas de sándalo y entonaba vehementemente el Primer Canto
Celular Básico de Desapetencia (P.C.C.B.D. / XVII). Instalaba
porteros automáticos. Llevaba un uniforme azul.
Cuántas veces, cuántos
hermanos. Cuántos carritos de helado se paseaban por las
viñetas de la ventana del hospital donde Max iba a revisar su
columna vertebral periódicamente, momento en que se
aprovechaba de mi carnet de Detective Privado Profesional Preferente para no pagar el taxi. Había
olvidado decirles que ésa es mi profesión, pero ahora ya
lo saben...
Un Detective Privado Profesional
Preferente tiene sus obligaciones y también sus satisfacciones.
Conocer la estación de autobuses de Villa Grilla, por ejemplo.
Una ciudad como Villa Grilla resulta inolvidable, especialmente si a
ella se llega en vuelo procedente de Garbanciutad, otra extraordinaria
urbe con la catedral más majestuosa que nunca se haya visto. Es la más
importante de toda la retícula submundial. Tiene cien torres,
todas ellas de cristal menos una, que está enteramente
construída en terracota.
EMPEZAMOS.
PRIMERA PARTE.
Y bien, aquella mañana
algo me conducía a mi inexorable destino: una llamada urgente de
mi superior directo, el capitandante electo Lucas Tomate, un viejo
amigo de Ovidio Rinocéfalo, que había conseguido su
puesto presentándose a unas oposiciones regularizadas y
normalizadas por la propia Sociedad Bianual Ronchis. Ovidio Rinocéfalo me
habría recomendado comprar un nuevo cepillo de dientes para
aquel viaje. Yo le hubiera hecho caso inmediatamente. Por desgracia,
Ovidio Rinocéfalo no vino a despedirme aquella mañana al
lanzo-puerto de Gobet-Gbet. La suerte estaba echada.
Como les decía antes, soy
Pedro Patatillas, Detective Privado Profesional Preferente con cinco
años de especialización Ronchis y tres becas
submundiales. Me atengo a mí mismo en el noventa por cien de las
decisiones profesionales que debo tomar y ello me ha creado una buena
imagen entre mis superiores, que siempre han preferido ocuparse de sus
cosas. El resultado de mis
misiones es
variable y sigue variando una vez concluidos los casos.
La llamada del capitandante Lucas
Tomate había sido escueta: "Diríjase a usted mismo. Ya
averiguará de qué se trata"-vociferó.
A bordo de mi PTT me sentía
Poderoso,Táctico y Temible. Su conducción era un placer,
una auténtica delicia verde-azulada. Enfilé la autopista
sur en dirección a Garbanciutad.
Quienes hayan viajado a Garbanciutad
en tren-lanzilla podrán opinar comúnmente, sin
contradecirse nunca, sobre un viaje como ése: no hay nada que se
le parezca. Incluso algunos pasajeros se niegan a aceptar que han
llegado a Garbanciutad e insisten en que se les devuelva su dinero.
Ello es motivo de incomodidad para el personal de la
Compañía de
Trenes-Lanzilla, que ha
protagonizado huelgas muy famosas en la historia del sindicato de
horneros. En realidad el viaje dura seis días, lo que sucede es
que la Compañía facilita a cada pasajero una dosis de
Perturbal-90 que le mantiene en un estado uniforme de ensueño
"d" hasta el momento del aterrizaje.
Aparqué mi flamante PTT junto
a un comercio de neumáticos. Me encontraba en las afueras de
Garbanciutad, a unas dos millas de su centro urbano y desde
allí, la imponente catedral parecía a punto de caer sobre
toda la ciudad, demoliendo cada pequeño comercio de
neumáticos usados hasta dejar en la ruina a sus 50.000
habitantes (industriosos alfacincanos de hermoso folklore). Si mi
neurotransmisor había comenzado a emitir mi posición
Bunguyu, probablemente ya estaba rodeado por los perros-lazo de
la Policía
Teocrática. Busqué en
mi maleta el hueso-bomba y lo lancé a mi espalda. Escuché
el sonido que produjo al caer en el suelo. Ni un ladrido, ni una
explosión. Me giré, aliviado. Entonces pude ver a un
centenar de gaviotas-lazillo con blindaje lasser que me observaban mientras fingían rascarse
entre las plumas. Me apresaron de inmediato.
Fui conducido al cuartel general de
la Policía Teocrática, que ocupaba precisamente los
primeros cincuenta pisos de la impresionante catedral de Garbanciutad.
Las calles parecían tomadas por las tanquetas-lanza y las
patrullas de soldados, aunque en realidad se trataba de la
celebración anual del concurso "Encuentre un buen disfraz en
cinco minutos", en el que participan pueblos enteros menores de 40.000
habitantes. Max debía
esperarme en el
hipódromo, durante la tercera carrera de galgos. Ambos
teníamos que apostar al cinco en la primera cabina comenzando a
contar por el lado Este. Después, fingiendo comentar las
apuestas, Max introduciría en mi bolsillo nuevas
órdenes.
Aunque yo ya sabía a
quién debía buscar, porqué y para quién.
Debía llegar al hipódromo a tiempo, pero intuía
que en la propia catedral (orgullo de Garbanciutad, perla del oeste
nevado, nave anclada), podría resolver el misterio de mi
presencia allí, conclusión a la que llegaba siempre para
satisfacer a mis superiores. La situación volvió a
decantarse a mi favor cuando hubieron de trasladar forzosamente los
grandes premios del domingo a la planta baja de la catedral por motivos
de seguridad, pues a la tercera carrera pensaba asistir la hija del
presidente, propietaria del caballo número cinco, llamado
"Bután".
Ser un Detective Privado Profesional
Preferente tiene sus ventajas. Y también sus desventajas:
zopilotes en soliloquios a caballo ora de una oreja, ora de otra.
Celebración probable de los momentos de descodificación.
El silencio o el sonido de dos oboes. La voz infantil o el silencio. La
voz infantil de contenido adulto que escuchan todas las personas en algún momento de su vida.
Todas esas cosas...
Pregunté por mi camarote y un
zopilote me indicó amablemente el vestíbulo de
ascensores, lugar al que me dirigí arrastrando mi maleta
azul con el llamativo escudo dorado del Hotel Gadget de Gorgago.
(El servicio de camarotes de la catedral de Garbanciutad, conocido entre los peregrinos y marinos
submundiales desde hace siglos, conserva intacta su tradición de
servidumbre y buen hacer culinario, siendo sólo un poco excesiva
su diligencia para que puedas desayunar antes de que cierren el
comedor.)
Lo primero que hice fue llamar por
teléfono: Marcando varios números al azar, pude conocer a
Lorna, una pelirroja de metro noventa que se quedaba a dormir con
frecuencia en casa de Chichi Pistolero y jamás había
tratado de echar a nadie a los canales. También era notorio que
nunca se había hecho pis encima, ni en su más tierna
senectud, al igual que el propio Chichi. Era perfecta porque, como en
cierta ocasión dijo la propia torre Saenz de Guadalajara, "ella
es como echar las cartas bajo la nieve en la Avenida de las Vías
Respiratorias de Nobor-Puá".
De acuerdo, lo primero que
preguntaron algunos fue: "¿Qué sentido tiene echar cartas
bajo la nieve? ¿Cómo se puede levantar la nieve?
¿Porqué dicen siempre metro noventa si sólo mide
unos centímetros en mi pantalla mundinovi?
-Porque te quieres a través
de quererme, pero eso no tiene ninguna importancia; yo no soy yo ni tu
eres tú, pero aunque no puedas decir a quién si que
nazca, todos respetarán en ese niño, como en todoslos
nbiño;;;2 -La computadora tosió, se estremeció y
miró hacia otro lado. En una pantalla accesoria pude leer:
"G.O.S.O. (ap)
ESTO NO ES GARBANCIUTAD, SINO UN
PEQUEÑO SATÉLITE DEL SISTEMA NÓDULUS.
necesito tiempo"
Salí del camarote en
dirección al vestíbulo de la catedral. Me encontraba en
el primer piso cuando vi aterrizar un helicóptero. Existen
razones fundamentadas para no equivocarse al distinguir un
helicóptero de las líneas aéreas
Sincréticas. En primer lugar, las siglas B.L.I. (Banca
Lírica de Iniciativas) ocupan la mayor parte del fuselaje. Se
trata de la multinacional que esponsoriza a Garbanciutat desde 1.9794,
año en el que el sistema Nódulus abandonó la
confederación de las Iglesias de Blungui-Bli, que le unía
a Gobet-Gbet, los territorios desconocidos de la Sociedad Bianual
Ronchis, la ciudad de 1.264 y el consorcio formado por la
Compañía de Lanzamientos Unidireccionales
Frosbro-Dos-Semanas, la ciudad de Kndar y la entonces floreciente
Fenómenos Ilimitados S.A. (F.I.S.A.). Del helicóptero
descendieron ordenadamente unas quinientas personas que se dispersaron con rapidez en
dirección a sus respectivas ocupaciones en la catedral.
Reconocí inmediatamente la calva teñida de azul del
arcipreste Gordon y me escondí tras una columna. De todos es
sabido que al arcipreste Gordon y al alto tribuno de la catedral,
Saúl Mandarino, no les une precisamente una amistad duradera y
una total convergencia de criterios, sino lo que podríamos
llamar un odio bien fundamentado. No en vano llevan disputándose
la Copa Lunch de flotón desde hace cincuenta años, y el
match es, invariablemente, nulo desde entonces.
La presencia del arcipreste Gordon
en la catedral era un misterio y decidí seguirle, porque soy un
Detective Privado Profesional Preferente y porque me debía
dinero desde que un extraño suceso en Todomolontalña nos
enfrentó al Gran Malís e hizo, posteriormente, que nos conociéramos.
Mientras seguía al arcipreste
por los claustros del primer piso de la catedral, recordé que
Lorna había preparado para aquel día una merienda
campestre, muy cerca de Garbanciutad, en la linda localidad de
Viví, donde solíamos frecuentar un pub muy acogedor
llamado "El gato Silvestre".
Llegábamos
sobre las ocho, cuando ya era oscuro y los perros ladraban a las
puertas de las casas. Caminábamos por el centro del sendero,
abrazados, tratando de ver las luces del pueblo hasta que "El gato
Silvestre", exhalando vapor por sus respiraderos, nos recibía.
Eso siempre sucedía después de una tarde maravillosa en
la que Lorna extendía su mantel a cuadros sobre algún
dolmen y sacaba de la mochila las empanadas de guepardo que tanto se
aprecian aquí. Después, hacíamos el amor y
bebíamos vino azul.
Lorna me esperaba, seguro, en la
estación de Garbancillo Norte y yo me encontraba siguiendo al
arcipreste Gordon. Aquel día no habría merienda en el
dolmen. Ello me enfureció y decidí ponerle la zancadilla
al arcipreste Gordon. Caminé cada vez más aprisa hasta
ponerme detrás suyo y aprovechar el vacío creado por su
cuerpo al desplazarse. Cuando iba a introducir mi pie entre sus
tobillos, alguien me disparó y perdí el conocimiento.
Recuerdo que mi último pensamiento fue: "Aquí hay algo
bueno. Si no, no me hubieran disparado".
Ciertamente, me
extrañó bastante despertar en el mismo sitio en que
había caído. Normalmente esperamos recuperar la
consciencia en el hospital y encontrar una enfermera y el inspector de
la Policía Teocrática aguardando para interrogarle a uno.
Sin embargo, estaba en el suelo, mi maleta azul seguía junto a
mí. Y no estaba herido; entonces supuse que me habían dejado
fuera de combate con un dardo de birilio, esa droga cristalizada
inteligente que ahora está tan de moda entre los policías
de muchos países. No había nadie en el primer piso.
Aunque resulte tópico, sentía un terrible dolor de cabeza.
-Te han quitado de enmedio porque
les molestabas- dijo mi maleta azul, que caminaba a mi lado para que no
la tuviera que arrastrar.
-¿Qué te sugiere?
-Que iban a por el arcipreste, ya
que si te hubiera disparado su guardia personal, ahora estarías
bajo interrogatorio en el piso 75.
-Exacto.
-¡Han secuestrado al
arcipreste!!- gritó un hombre que bajaba a toda prisa por las
escaleras. Las puertas se iban abriendo a su paso y por ellas se
asomaban estupefactos religiosos, turistas de paisano y perros-lazo que
trataban de morder los tobillos del que corría. Inmediatamente
se armó un gran revuelo que yo aproveché para telefonear,
no sin haberle sugerido a mi
maleta que
fuera hacia el camarote sin detenerse. Me instalé en una de las
numerosas terminales y marqué el número de Patsy
Fernández, la cuñada del jefe de bomberos de
Villa-Grilla, un primor de chica a la que nadie aventajaba en
permanencia bajo el agua.
En el momento que la sensual voz de
Patsy respondía al teléfono, oí gritar:
-¡Por ahí va una
maleta! ¡Que no escape! ¡Cójanla!
-¿Dígame?
-Patsy, soy Pedro.
-¡Pedro! ¡Mi
melocotón Ronchis!
-Estoy en Garbanciutad.
Estaré unos días.
-¿Dónde te alojas?
-En la catedral.
-¡Caramba!, ya eres todo un
jalifa.
-Sí, gané el
título en un concurso del periódico.
-Te felicito.
-¿Podemos merendar juntos?
-¿Dónde?
-En el hipódromo.
-Estaré encantada. Tienes que
ver mi nueva prótesis masculina.
-¿También existe esa
moda en Garbanciutad?
-Por supuesto. Tengo muchos chismes
que contarte.
-¿A las cinco en la zona de
las cabinas de apuestas?
-De acuerdo.
Colgué.
-Puede identificarse?- A mi espalda,
tres cuadrilleros de la Policía Teocrática me miraban con
desconfianza.
-Lo siento, mi documentación
está en mi maleta, la envíe al camarote hace unos minutos.
-¿Es ésta su maleta,
por casualidad?- el alférez que había hablado
señalaba, efectivamente, a mi maleta. Cuatro perros-lazo la
rodeaban, gruñendo. La atribulada maleta me miraba con
desconsuelo. Yo conocía su pánico irracional a los
perros-lazo.
-Es mi maleta. La reconocería
siempre.
-Llévela a todas partes con
usted o enciérrela, no se permite la circulación libre de
maletas ni aparatos de riego.
Me dejaron en paz. De haber mostrado
mi carnet de Detective Privado Profesional Preferente, habría
podido asistir a uno de los saludos oficiales más complicados y
largos de todo el planeta: El Saludo Pat-tónico
Espasmódico De Garbanciutad Para Detectives Privados
Profesionales Preferentes En Misión Secreta. Una autentica
maravilla
coreógrafica. Pero
tenía que encontrarme con Patsy Fernández en el
hipódromo y no cabían retrasos.
Salí de la catedral y
alquilé un somormujo de cinco ruedas. La circulación de
vehículos en Garbanciutad es una de las más
congestionadas del hipermundo. El hipódromo, por otra parte, se
encontraba a quince minutos de la ciudad, en el suburbio de Los
Estorninos. Guié el somormujo entre centenares de ellos que
violaban sistemáticamente todas las ordenanzas locales en
materia de tráfico. En dos ocasiones me perdí por
completo, hasta que decidí seguir a un descapotable Landa rojo
de tres ruedas, conducido temerariamente por una mujer rubia. En pocos
minutos estábamos en la llamada "puerta de Gorgago", la
principal salida de la ciudad y tomamos la Pista Submundial IV. La
rubia del Landa se puso a mi altura, rodando a ciento setenta y cinco
kilómetros por hora. Me miró; como no podía oirme,
vocalicé despacio la palabra gracias, sonriéndole al
mismo tiempo. Pareció no comprender y repetí la misma
palabra en tibetano: “Tujaychay”. La chica cada vez estaba más
perpleja, aunque siguió conduciendo endiabladamente al lado de
mi somormujo."Asante", dije en swahili. La chica agitó una mano
y tomó el desvío del hipódromo a toda velocidad.
La seguí. "Tenkyu", pensé en pidgin melanesio.
El hipódromo de Garbanciutad
conocido también como "Universal Paraguas" era propiedad del
Banco Común Peng-Gorgagiano desde su venta por el Consorcio de
Barberías Garbanciutadanas. Podían celebrarse en
él hasta setenta carreras simultáneas y contaba con una
de las tribunas más lujosas del mundo, construída toda en
cornalina, con capacidad para mil personas. La chica del Landa
aparcó en una plaza reservada y me buscó con la mirada.
Yo estaba tratando de colocar mi aparatoso somormujo entre otros
vehículos que llenaban el aparcamiento. Vi que me localizaba y
venía a mi encuentro. Fingí buscar algo en la guantera
hasta que estuvo junto al somormujo. Entonces dijo:
- ¿Es cómodo tu cinco
ruedas?
- Asientos reclinables.
Abrió la puerta y se
arrellanó en el sillín.
- Puedo opacar los cristales.
- Sí, hazlo.
Oprimí el conmutador de
opacamiento y me aflojé el nudo de la corbata.
- ¿Te apetece escuchar algo
de música?, tengo la última sonata de Bram Potocki, y
algo de rebobinante en ese compartimento de ahí- dije.
- Perfecto.
Pasando los brazos por encima de sus
largas piernas, alcancé el mueble bar y cogí dos copas y
la rebo-botella, desplegué la mesita auxiliar del asiento
delantero y serví dos tragos.
- No hay hielo- dije, en tono de
disculpa.
La rubia abrió su bolso,
hurgó en el interior sin dejar de sonreírme y extrajo
finalmente un ejemplar joven de pato-lanzilla que tenía todo el
aspecto de estar de muy mal humor.
- A la catedral- dijo.
- Tengo una cita en el
hipódromo- repuse.
Me temo que vas a faltar a tu cita.
El arcipreste Gordon quiere saber porqué desactivaste su
magneto-campana de protección hace unas horas.
- ¿Que yo hice qué?
Escucha, alguién me disparó un dardo o algo así.
No hice nada más que caerme al suelo con toda la celeridad
posible. ¿No me crees?
- Introdujiste un pie en su red de
magneto-campana justamente en el único lugar vulnerable: el
cierre electroestático. Su escolta te vió y te
neutralizó.
- Porqué no me llevaron con
ellos?
- En ese momento hubo un ataque en
los pisos uno y dos. La fracción armada del sindicato de
camareros.
- No te creo. Al despertar supe que
el arcipreste había sido secuestrado.
- Entonces te morderá mi pato.
- Está bien, vamos- puse en
marcha el somormujo, maniobré y cuando estaba frente a la hilera
de vehículos vacíos, aceleré al máximo y
salté, abriendo la portezuela. Vi que la chica y el pato, a su
vez, saltaban por el otro lado. El somormujo se estrelló contra
sus congéneres, estallando y provocando un incendio en cadena.
Yo salí rodando e, incorporándome, caminé hacia la
entrada del hipódromo. Los bomberos llegaban veloces desde el
otro extremo del perímetro deportivo.
En la zona de apuestas, Patsy
Fernández (como me explicó más tarde) había
consumido dos helados y apostado sucesivamente por sendos caballos
perdedores, hasta que me vio llegar. Vino a mí, me abrazó
y tomamos una mesa en la terraza del Cuervo Pasivo, el lugar de moda en
el hipódromo.
- Te invito a la merienda que
prefieras: Bollos con perdices, sardinas con limón y nata,
sorbete de insectos y frutas del bosque, sandwiches de huevo,
jamón, cerezas o pasta. Batidos de almendras con vino, de
lagarto con aligustre, de aleta de albatros con langostino, de
legumbres y aliagas, de gallina y merengue... Tú eliges, yo
vigilo. ¿De acuerdo?
- Estás muy nervioso, mi
amor. Hace mucho tiempo que no nos vemos. Cuéntame algo de tu vida.
¿Porqué estás inquieto? ¿Alguien te sigue? Siempre estás así
cuando alguien te sigue...
- ¿Ves esa columna de humo?-
señalé al cielo, tras las tribunas.
- Sí. Es el tradicional
incinerador colectivo del certamen, donde los jugadores queman,
despechados, sus apuestas perdidas, sus boletos sin valor que les
devuelven a donde estaban y a veces a un sitio peor...
- Es el humo de la explosión
de mi somormujo, sucedida cuando intentaba escapar de una agente que
iba a utilizar su pato-lanzilla sobre mi, hace escasamente cinco
minutos. ¿Comprendes?
- Comprendo. Pidamos dos
“ultra-rebos”. Comeremos más tarde. Y ahora, cuéntame.
Relaté extensamente los
acontecimientos del día para que Patsy pudiera hacerse una idea
aproximada de mi situación.
- Por lo que me explicas, alguien
trata deseperadamente de hacerse con el “soncho grutal”, ¿no te
parece?- reflexionó mi amiga. Incluso pudiera tratarse de una
estratagema para dominar a un tercio de la población
parlamentaria del gobierno supra-mundial.
- Éso significaría
dominar los destinos de treinta chiquillómetros de personas...
- Así es.
- Bien, ahora tomemos un reservado
en el ala sur, quiero mostrarte mi nueva prótesis.
- ¡Hummmm!
A mi regreso, noté cambios
substanciales en el vestíbulo de la catedral. Una barricada
eléctrica de la Policía Teocrática protegía
la conserjería, el mostrador de información y a todos sus
empleados.
Un oficial se dirigió a
mí:
- Existe una reclamación
sobre usted interpuesta por una maleta azul que dice pertenecerle. Fue
abandonada en el aparcamiento de la catedral hace unas horas. La maleta
fue asaltada inmediatamente por unos individuos y le acusa de abandono
a la indefensión e imposición de responsabilidades
superiores a su rango. Se le va a caer el pelo como no disponga de un
buen abogado. Siempre que sea usted Pedro Patatillas, naturalmente.
- Lo lamento. Desconozco a ese
caballero. Mi nombre es Exjwenz Hliogwenz. Aquí tiene mi
identificación- le mostré un carnet falso a nombre de
Exjwenz Hliogwenz, ingeniero floricultor Ronchis, de treinta y dos
años, en viaje de negocios a Garbanciutad para comprar
una tonelada de goma de
neumático para la construcción de una inmensa cama
elástica para elefantes en el zoo-park del drugstore de Alfa
Cinco.
- Es curioso, corresponde totalmente
a la descripción...- el oficial se quedó pensativo,
devolviéndome la tarjeta. Con toda la calma posible,
me dirigí al vestíbulo
de ascensores.
- ¡Un telegrama para usted!-
gritó el conserje.
En efecto, un telegrama a nombre de
Exjwenz Hliogwenz había llegado a primeras horas de la tarde.
Era del capitandante Lucas Tomate y decía así: "Rowustopt
sgansk afdreh - feleow güank ank - Dibordondos - Numa".
- ¡Cielos!- exclamé.
-
Malas noticias, señor?-
preguntó el conserje con voz pegajosa -en tal caso, quizá
pueda recomendarle una breve estancia en la cafetería del hotel,
tengo entendido que preparan algunos combinados verdaderamente
efectivos...
- Gracias- casi
automáticamente, seguí el consejo del empleado.
Necesitaba unos cuantos tragos. Si la progresión continuaba, en
los próximos días no iba a tener tiempo ni para detenerme
a tomar una copa. Aunque la langosta asada perfumaba el local de manera
irresistible...
- Una de langosta.
- ¿De tierra o de mar?
- De mar. Y vino blanco.
Tomé una mesa y pasé
unos minutos tratando de hipnotizar al esmirriado florero que
había sobre ella. Cuando creí haberlo conseguido,
llegó la langosta. Tras los dos primeros vasos de aquel blanco
exquisito que tan bien se cría en Garbanciutad, no me
costó demasiado sumirla también en trance
hipnótico. En el primer suculento bocado, llegó aquella
joven enigmática; el segundo bocado lo mismo podía saber
a cemento, puesto que llegaron dos tipos más que también
se sentaron a la mesa y dejaron ver las culatas de sus
electro-lancillas, mientras uno me decía:
- Siga comiendo con naturalidad.
- He leído todas sus
aventuras-, dijo la chica. Envolvía su cuerpo con una larga
pieza negra, casi hasta los pies. Amplio sombrero negro que le
cubría los ojos y una buena parte del rostro. Guantes de seda
negros.
- Debe estar equivocada,
señorita...
- Señora. Señora
Li-Poo, de los Li-Poo de Garbanciutad.
- Señora Li-Poo, mis
aventuras nunca han sido publicadas.
- Oh, por supuesto. Pero el eminente
profesor Aldous Baker, de Ronchis-Archivos (territorios conocidos),
lleva desde hace años redactando en una prosa muy atractiva
todas sus andanzas, seguidas con infinito detalle por mis agentes y
remitidas al profesor con escrupulosa periodicidad semanal para que las
novelice. En fin, mi presencia aquí es para proponerle que
piense en la posibilidad de que estos relatos se publiquen y
establezcamos un acuerdo beneficioso para ambos, que permita su
comercialización y difusión. Es decir, que usted se
convierta en un personaje muy submundial, a través de sus
relatos, los relatos de sus aventuras. ¿Comprende?
¿Qué le parece?
- ¿Me han estado espiando?
- Tenemos muy buenos agentes,
señor Patatillas. En especial X-32, la maleta azul.
- ¡La maleta azul! Debo
reconocer que me engañó muy bien con su papel de
inmadura. Felicítenla de mi parte.
- Es que, verá, X-32
sentía algo muy especial hacia usted. Tantos años a su servicio...
- Extraordinario.
- Mi ayudante le extenderá un
cheque de cincuenta mil burbujas de Garbanciutad como anticipo sobre su
contrato. He pensado en ofrecerle una cantidad inicial de setecientas
mil burbujas, otra, anual, de cien mil burbujas y el treinta por ciento
de las ventas. El contrato se revisaría cada cinco años.
- Estoy de acuerdo. Tan sólo
quisiera hacer notar que X-32, como cronista principal de mis viajes,
debería percibir un porcentaje de los derechos.
- Está contemplado: un 5%
anual.
- Estupendo. ¿Dónde
hay que firmar?
Se fueron antes de que yo terminara
con la langosta. Pagué la cuenta y subí a mi camarote. Me
sentía diferente. Era un hombre rico, todo podía ser
distinto si conseguía cumplir mi misión, me
marcharía al sistema Nódulus y compraría una
hermosa casa en los acantilados de Sindudar, con un pequeño
sendero hasta la playa y un somormujo acuático pintado de rojo y
blanco... aunque, por ahora, sólo podía volver a mi
camarote y
tratar de descifrar el telegrama del capitandante Lucas Tomate.
"Rowustopt sgansk afdreh...", extraordinario; "feleow güank..."
¡Sorprendente!
Me preparé un baño
caliente, con muchas sales, pero antes dejé la terminal
trabajando en el mensaje. A mi regreso del baño, preparé
un té y me senté frente a la computadora. Encendí
un cigarrillo y escruté la pantalla. Ésta mostraba lo
siguiente:
«G.O.S.O. (ap.)
Servicio de traducción
fuente: seemundés primitivo
“ROWUSTOPT SGANSK AFDREH”: DEBE
HALLAR AL ARCIPRESTE
“FELEOW GÜANK ANK”: ALGUIEN
TRATA DE DOMINAR LOS INTESTINOS DE TREINTA CHIQUILLÓMETROS DE
PERSONAS
“DIBORDONDOS”: NO COMETA
IMPRUDENCIAS (TAMBIÉN: CURVA PELIGROSA)
“NUMA”: EL JEFE
¿ALGUNA OTRA CONSULTA?»
Tecleé:
“¿ESTA CONSULTA ESTÁ
SIENDO REGISTRADA POR LA POLICÍA TEOCRÁTICA?»
La pantalla cambió:
“AFIRMATIVO”
Pensé que toda las sospechas
recaían en el Alto Tribuno de la Catedral, Saúl Mandarino
y su temible Policía Teocrática, su enemistad con el
Arcipreste Gordon, la inminencia de la nueva edición de la Copa
Lunch de floton, el odio mal disimulado que la P.T. sentía hacia
la llamada Guardia del Hipódromo, ejército personal del
Arcipreste... Eran tantos los motivos, que mis dudas ya se
habían marchado por otro camino cuando llamaron a la puerta.
Abrí unos centímetros y allí estaba mi maleta azul.
- Pasa, X-32- dije, procurando
parecer cordial.
- Veo que ya trabajamos para la
misma empresa- respondió mientras rodaba al interior del
camarote -ahora es usted una prioridad para la editorial
Diversión. No queremos que le ocurra nada malo, sus aventuras se
interrumpirían y nuestros beneficios disminuirían hasta cero- continuó,
deteniéndose en el centro de la estancia y mirándome con
cierto aire de importancia.
- De manera que sigues encargada de
seguir a mi lado.
- La señora Li-Poo, de los
Li-Poo de Garbanciutad, me pidió expresamente que continuara con
la misión, introduciendo... introduciendo algunas
pequeñas variaciones. Además, me informó de que se
mostró usted muy generoso hacia mí durante la firma
del contrato, por lo cual le expreso mi agradecimiento.
- Vale, ahora ya puedes volver a
hablarme de tú.
- Creo saber dónde tienen al
Arcipreste Gordon, pero debo advertirte que hay micrófonos en
todos los camarotes, cámaras en los claustros en todos los
niveles, ascensoristas-espía, perros lazo en el acceso a cada
piso, zonas minadas del 70 al 75 y a partir de éste, el cuartel
general más inexpugnable de toda la retícula: El Centro
de Cálculo de la Policía Teocrática.
Tras una noche agitada (las sirenas
de la Catedral sonaron varias veces), llena de extraños
sueños (el Arcipreste Gordon no era el Arcipreste Gordon, sino
Ramón Chalote), salté de la cama y conseguí dormir
una hora más en la bañera llena de agua caliente. A
continuación, efectué algunas llamadas. Concretamente,
consultas a la biblioteca del hipódromo, al centro de datos de
Garbanciutad sobre la producción de goma de neumático y a
Lorna, que no estaba en casa. Bajé a desayunar y encontré
la entrada a la cafetería fuertemente protegida por una
escuadrilla de pequeñas gaviotas-lanzilla equipadas con casco de
maniobras. "Debe estar desayunando el Alto Tribuno", me dije. Y
entré.
No sólo el Alto Tribuno
untaba mermelada en sus tostadas, junto a su guardia personal;
también ocupaban una mesa la señora Li-Poo y sus
simpáticos lanzo-pistoleros y más al fondo pude
distinguir a Patsy Fernández que, junto a otra persona y a
juzgar por lo que bebían en su mesa, parecía continuar
todavía con una divertida noche. Esa persona era Max.
X-32, que estaba a mi lado, dijo:
- Planeemos el rescate del
Arcipreste para la hora de la comida.
- De acuerdo -le respondí-,
ahora vayamos a sentarnos con nuestros amigos.
-...imagínatelo, un
auténtico carcamal, subido allí, en aquella
multi-grúa y gritando a todo el mundo que el rebobinante era de
mala calidad... -explicaba con vehemencia Patsy cuando llegamos hasta
su mesa.
Me senté junto a Max y
entonces me vió, ya que estaba de espaldas a la puerta.
- ¡Pedro, viejo amigo!
- Hola, Max.
- Esta chica es un encanto. Me ha
enseñado los lugares más divertidos de Garbanciutad y me
ha presentado a muchísima gente interesante. Ah... y me ha
hablado mucho de tí.
Engullí algunas tostadas
antes de responder:
- Patsy es un cielo y Garbanciutad
es el centro artístico-cultural del mundo, sin duda. Max,
tenemos trabajo.
- Lo sé.
- Como mínimo, debemos llegar
al piso 75 de la Catedral, lo cual significa al menos dos días
de ascensión llenos de peligros. Lo ideal sería contar
con ayuda exterior, pero me temo que no va ser posible.
- Quizá te interese saber que
el Gran Malís se encuentra en la ciudad- me indicó Max.
- Hmmm... Está bien:
Tú te ocuparás de localizarle a lo largo de esta
mañana. Es necesario mantener una entrevista con él antes
de subir.
- ¿Has pensado en algo?
- Subiremos Patsy, tú y yo.
He traído en mi maleta un equipo Ronchis bastante completo.
- ¡Estupendo! -exclamó
Patsy.
- Entonces, manos a la obra
-apremié-. Max, busca al Gran Malís. Quiero salir de
ésta, porque voy a ser protagonista de mis aventuras y tengo que
correrlas primero para disfrutarlo.
Dos horas más tarde, una
llamada de Max a mi camarote me hizo abandonar inmediatamente la
Catedral. El Gran Malís aceptaba verme, pero las normas de
seguridad que había exigido para nuestro encuentro demostraban
claramente que su circunspección seguía siendo ejemplar.
Patsy me aguardaba en la parada de
taxis. Se había puesto un impermeable de hule amarillo que
olía a lancha neumática y fumaba nerviosamente un habano.
- Vamos -dijo- y abrió la
portezuela del primer taxi.
Nos desplazamos durante unos veinte
minutos, aparentemente sin dirección alguna. Rodeos y zig-zags
nos llevaron a pasar varias veces por el lugar de donde habíamos
partido. Patsy fumaba su habano y el taxista tosía. Ambos se
miraban de vez en cuando, pero en el vehículo reinaban el
silencio y el olor fuerte del cigarro. De improvisto, el taxi
frenó en seco y Patsy, girándose, dijo:
- ¡Ahora!
Salimos ante la mismísima
Puerta Esmeralda de la Catedral, la más
transitada.
- ¡Qué osadía!
-exclamé.
Un somormujo verde nos aguardaba.
Max y yo subimos al asiento trasero. Una joven oriental se encontraba
al volante. Su copiloto era un tipo corpulento, con un traje
desgastado, que llevaba un viejo sombrero gris calado hasta las cejas.
Cerró nuestra portezuela y se arrellanó junto a la
conductora. Ésta tenía largas y afiladas uñas
pintadas de negro y sólo vimos su rostro cuando se giró
desganadamente para decir buenos días. Arrancamos muy deprisa y
atravesamos el Gran Garbanciutad a velocidad punta, a unos cinco metros
del suelo. Una vez franqueada la Puerta Este de la ciudad,
comenzó un laberíntico recorrido por calles desconocidas,
en las que abundaban las zapaterías y las típicas
factorías familiares de botes neumáticos. Había
hombres comiendo de pie alrededor de quioscos de los que emanaban
fuertes olores de fritura. Seguían nuestro paso con la vista y
gesticulaban. Las calles se convirtieron en callejuelas, donde la
velada luz de aquel mediodía lluvioso agonizaba en los tejados
pintados de llamativos colores que casi se tocaban, dejándolo
todo en una penumbra sin tiempo. El somormujo disminuyó su
velocidad, posándose a la entrada de una angosta
bifurcación.
Seguimos a pie, tomando la
callejuela de la derecha. A partir de allí, fuimos tomando
siempre nuevos desvíos a la derecha. La chica iba delante y el
tipo corpulento, detrás.
Max me dijo:
- Está claro que hay
más gente vigilándonos. Mira ahí delante. En
efecto. Dos guepardos aparentaban fumar una pipa sobre una deslustrada
alfombra. Bajo el punto de vista de Max, muchos detalles se revelaron a
lo largo de nuestro recorrido: la mujer que se apresuraba
en correr las cortinas desde una
buhardilla, un borracho agarrado a un pilar del porche de un
café con los cristales entelados, un perro amarillento que se
cruzó en nuestro camino, el viejo y el niño que
fingían intercambiar manoseadas revistas pornográficas...
Las casas, silenciosas y pintadas
con colores pastel, se sucedían, unidas unas a otras,
serpenteando sin fin, flanqueando callejones y pasadizos de adoquines
gastados. Olía a pan recién hecho y a anís.
Nuestro trayecto duró algo más de media hora. Al llegar a
un pasaje cerrado por una gran puerta de metal forjado, la muchacha se
detuvo y todos hicimos lo mismo. Buscó en su bolso hasta que
encontró un mando infrarrojo. Apuntó hacia una
desagradable escultura de hierro bruñido que sobresalía
por el muro del pasaje, representando a un sátiro pensativo que
sonreía bajo el bigote. Los ojos de la estatua lanzaron un
destello rojo y la puerta se abrió. Una arboleda se
extendía ante nosotros. Sauces, almendros y castaños
rodeados por setos recortados con primor, que formaban esferas y
pirámides, constituyendo un frondoso jardín con caminos
de tierra y presidido por dos grandes cedros. El jardín
tenía forma pentagonal y la brisa creaba un murmullo constante
de hojas.
Nuestros pasos resonaron, pues todo
lo rodeaba un muro de piedra. Había esculturas como la de la
entrada: sobre pedestales por los que trepaba la hiedra, podían
verse distintas alegorías metálicas de la
satisfacción, el sueño, la sinceridad o el deseo,
según el modelo sincrético de la Larga Iglesia
pseudo-Noboreño-Kendariana-Alfacincana, de la que era Principal
y Cobrador-Director el Gran Malís.
Recorriendo los senderos, llegamos a
la explanada central. Entre los troncos de ambos cedros vimos una
construcción sorprendente: poseía las
características de un poliedro muy complejo aunque en ocasiones
no parecía sino una extravagante creación
arácnida, o un capullo para una crisálida gigante.
Además, mirándola de soslayo, aparentaba un quiosco
de periódicos algo anticuado.
Max, sin embargo, estaba convencido de que se trataba de una canoa
primitiva, agujereada con habilidad. Lo cierto es que de su interior
emanaba cierta luz y de ello no se puede dudar. Nuestro grupo se
aproximó y me asomé al interior. Vi un profundo
vacío azotado por el viento, peatones y somormujos se
desplazaban allá abajo, muy pequeños, y aún
podía ver el paso de los lazones de pasajeros, más
cercanos pero también muy abajo. Sentí vértigo y
me aparté. La joven que nos había conducido se
despidió de nosotros con el gracioso saludo nepolés y se
alejó por el jardín dejando tras de sí aquel
perfume almizclado que tanto había mareado a Max en el
somormujo. El otro tipo, mirándonos fijamente, se
convirtió en un indicador luminoso. "Hay monedas" decía
parpadeante, para luego añadir "Prepárense para estar en
presencia del Cobrador-Director de la Larga Iglesia
pseudo-pseudo-Noboreño-Kendariana-Alfacincana". Max se
quitó el sombrero y se colocó un pañuelo blanco
sobre la cabeza. Yo hice lo mismo. El interior del extraño
habitáculo se iluminó potentemente hasta hacernos
parpadear. El capullo se abrió, formando un dosel que
cubría el Trono del Principal, el lugar donde yo había
oído que el Gran Malís pasaba gran parte de su tiempo
entregado a su ocupación favorita: los crucigramas.
Era un altísimo sillón
de madera adornado con motivos frutales esculpidos y pintados con
realismo. Casi parecían poderse comer. Hubo un resplandor y un
chasquido. Cuando volvimos a mirar, el Trono, convertido en una
cómoda silla funcional de los años cincuenta forrada en
skai granate, alojaba a un viejecito encantador, vestido con una
sencilla túnica de lino y tocado con la famosa Cabecera
Familiar. Era el Gran Malís que, dirigiéndose a nosotros,
dijo:
- Al revés, equinoccio joven
de tres letras.
Una antigua radio de lámparas
emitía música ligera desde una mesita de formica de tres
patas.
- Gran Principal de la Larga
Iglesia. Somos agentes Ronchis. Creo que usted tuvo ocasión de
conocer al capitandante Lucas Tomate -dijo Max.
-Ave zancuda que habita en la
desembocadura de una cabalgadura, de siete letras -respondió el
anciano.
Algo resplandeció y, cuando
volvimos a mirar, el Gran Malís se sentaba de nuevo en el alto
trono de madera. Nos miró, sorprendido, arrancó un grano
de uva del reposabrazos y lo comió desgranadamente.
- Necesitamos su ayuda para rescatar
al Arcipreste Gordon. Para hacerlo, debemos llegar al piso setenta y
cinco de la Catedral y sólo tenemos un equipo Ronchis
-continuó Max.
- Sabemos que le gustaría
hacerle una mala pasada al Alto Tribuno -añadí yo.
- ¡Es cierto, hace tiempo que
ha prohibido los cultos de la Larga Iglesia en la Catedral!
-siguió Max.
Una explosión controlada
sacudió la escena. Cuando el humo se disipó, el Gran
Malís nos miraba desde el saloncito funcional, con un ligero
temblequeo parkinsoniano.
- Palabra de cinco letras -dijo.
- No hay manera -le dije a Max-
vámonos de aquí.
- Espera! -me contestó,
cogiéndome por el codo. Sacó de su tabardo cinco billetes
de mil burbujas y los depositó cuidadosamente sobre la mesilla
de formica: -Cobrador-Director, nuestra contribución a la Larga
Iglesia -dijo, retirándose hasta donde yo estaba.
Aguardamos esperanzados, pero un
ligero temblor de tierra nos derribó al suelo. Cuando nos
incorporamos, el Trono del Principal sostenía de nuevo al
anciano, que había empezado a mordisquear una manzana del
cabezal, mientras el palio se iba cerrando poco a poco sobre él.
En pocos minutos, la inexplicable estructura entre los dos tilos
volvía a mostrar el intenso tráfico de una ciudad sin
identificar a quinientos metros en caída libre (lo cual
comprobé asomándome como lo había hecho antes).
El indicador luminoso, que ahora
tenía todo el aspecto de un tipo corpulento, con un traje
desgastado, que llevaba un viejo sombrero gris calado hasta las cejas,
me dió una palmada en la espalda y dijo:
- No os preocupéis, el viejo
os ayudará...
En el callejón aguardaba la
joven con las llaves del somormujo en la mano.
- Déjenlo frente a la
catedral, yo tengo cosas que hacer y no puedo acompañarles -me
lanzó las llaves.
- Gracias, lo cuidaremos muy bien,
señorita... -respondí, atrapando el llavero al vuelo.
- Señora. Señora Ty
Phoo, de los Ty Phoo de Garbanciutad.
Salté al vehículo, que
Max ya había puesto en marcha. Mientras hacíamos marcha
atrás, la vi apuntando desde dentro del jardín al
sátiro de metal con su mando infrarrojo. La puerta se
cerró.
El regreso a la Catedral
resultó sobradamente accidentado. Colisionamos en dos ocasiones
con sendos carromatos y recuerdo que Max exclamó, tras el
segundo choque:
- ¡Parece el mismo! ¡Son
idénticos!
Y yo le tranquilicé diciendo:
-Sí, pero recuerda que el
otro quedó completamente destrozado...
Nos perdimos varias veces y, cuando
dimos con la Avenida Radial Cero, nuestros estómagos
pedían a gritos una comida sólida, así que Max
detuvo el somormujo frente a uno de los restaurantes más famosos
de Garbanciutad, el Cuartel de la Gallina. Un lugar donde preparan el
más exquisito revuelto de yemas de espárrago gigante,
impregnado de delicioso
aroma de espliego y
servido con pan tostado frotado con ajo.
Al entrar, noté que varios
comensales acercaban su mano izquierda a las culatas de sus
colt-lanzillas. Al ver que dejábamos nuestros sombreros y
tabardos en el gran perchero central, se relajaron y volvieron su
atención hacia las delicias de la mesa, que en el Cuartel de la
Gallina no son pocas, aunque, desde luego, la gallina no es una de
ellas. Muchos se preguntarán a qué se debe, pues, tan
específico nombre...
El Cuartel de la Gallina está
dirigido y administrado por una gallina, como su nombre indica. Es una
gallina adulta, bastante irascible, que se conserva bien aunque se
tiñe las plumas. Para ella trabajan tres noboreños y un
alfacincano. Mientras unos cocinan, el otro se ocupa de las mesas. La
gallina, cuyo nombre nadie ha sabido jamás, se deja ver escasas
veces y cuando lo hace, es exclusivamente para supervisar el
consomé de pera, una de las especialidades de la casa.
Para Max, poder estar de viaje
resultaba estimulante, pues su trabajo rutinario en Ronchis-Central le
aburría y deprimía como no había visto yo
deprimirse a nadie. Había llegado a absorber todo el paisaje a
través de su ventana para no lanzarse por ella. Esta prudencia
le caracterizaba y había hecho de él un Detective Privado
Profesional Preferente muy apreciado. Al capitandante Lucas Tomate le
encantaba, sobre todo, la manera que tenía Max de preparar la
tortilla de cartón. Era un truco, pero un truco excelente: Max
cortaba meticulosamente en trocitos un billete de cartulina de
cualquier supermercado. Bañaba los pedazos en coñac un par de
horas. Después, bailaba en torno a la mesa una extraña
danza, aprendida vete a saber en qué lugar del mundo y preparaba
la tortilla por el procedimiento tradicional de batir los huevos,
calentar una sarten con unas gotas de aceite, etc.
Lo extraordinario del caso es que,
cuando probábamos el resultado, sabía
prácticamente de una manera absoluta a tortilla de alubias. Max
nunca me explicó el secreto, pero yo siempre creí que el
capitandante lo sabía, pues jamás quiso probar la
tortilla...
Empleamos una hora en reponer
fuerzas. Después, volamos con el somormujo a la Catedral... El
vestíbulo estaba abarrotado de turistas alfacincanos-estrella.
Intercambiaban frenéticamente cigarros de pelo de camello por
botellas de licor con los camareros y ascensoristas; al parecer, estaba
a punto de llegar su demagogo de ruta y se afanaban por cerrar las
bolsas de viaje. Algunas botellas se rompieron, produciendo
interminables ecos en aquel inmenso atrio donde resonaban sin cesar
consignas megafónicas en las más diversas lenguas y
descargaban y recogían pasajeros sin cesar los
helicópteros de innumerables líneas aéreas.
Avanzamos sorteando corrillos de trapisondistas y varios intentos de
atraco, hasta situarnos en el mostrador de la conserjería.
Mientras pedíamos las llaves de nuestros camarotes, el sonido
ambiental evolucionó sensiblemente: Una banda de cien
saxofonistas ejecutaba en stacatto el himno de la ciudad. El presidente
de Garbanciutad acababa de hacer su entrada en el propileo, de pie,
como era habitual, en el somormujo dorado que una vez le ofreciera el
Gran Papa de las Conserjerías de Gbet, con motivo de la
cancelación de su viaje a Villa Grilla Los Lagos. Junto al
presidente iba su hija, también de pie. Era una muchacha de poca
estatura, vestida tan sólo con un extraño mantelete
bordado y un sombrero ceremonial muy especial, cargado de significados
para los habitantes de Garbanciutad: la Mitra de los Miércoles.
El vehículo oficial, precedido por los cien saxofonistas, se
dirigió a la conserjería. Los saxofonistas callaron, el
somormujo se detuvo y descendieron sus ocupantes. Vi entonces que el
presidente era mucho más bajo que su hija, sólo que
viajaba subido en una tarima protocolaria oficial, mientras que ella
debía hacerlo en el suelo del vehículo. Noté que
ambos iban descalzos. El presidente lucía la banda protocolaria
anual y estornudaba con frecuencia. Se acercaron al mostrador y
dirigiéndose al Conserje Mayor, la joven dijo autoritariamente:
- Queremos hablar inmediatamente con
Saúl Mandarino.
- ¡Atchís!
-añadió el presidente.
- El Alto Tribuno preside en estos
momentos el Homenaje a los Husos Horarios de Hoy -respondió el
Conserje Mayor, algo molesto.
- No tenemos nada en contra de los
rusos honorarios, pero exigimos ver al Tribuno -replicó el
presidente, con energía, añadiendo a continuación:
- ¡Atchís!
- Veré lo que puedo hacer
-accedió el conserje, finalmente resignado.
- Vámonos -le dije a Max, que
trataba de convencer a uno de los saxofonistas sobre la existencia de
un rasgo básico en la personalidad de todos los saxofonistas.
- ...todos tocan el saxo, por
ejemplo -estaba diciendo.
- Ya -iba intercalando el
saxofonista.
Patsy y la maleta nos esperaban en
mi camarote.
-He pedido treinta raciones de
desayuno en bolsas de papel -dijo la maleta.
- Dudo que las traigan, el servicio
de camarotes es completamente corrupto -indicó Max en el
habitual tono pesimista que adoptaba antes de partir de misión.
Yo conocía bien esa costumbre de Max y solía potenciarla,
planteándole los aspectos más dudosos de cada
situación:
- Dudo que el Tribuno esté
presidiendo el H.H.H. de H. Hace cinco años que no se le ve por
el Temporizador de Ceremonias.
-Puede estar aguardándonos en
cualquiera de los próximos diez pisos. Esperará a que
estemos agotados y nos echará encima un batallón de la
Policía Teocrática. No lo dudéis -Max se
sumió en una ensoñación pesimista y dejó de
hablar. Llamaron a la puerta.
- De momento, ahí
están las raciones que pidió X-32. Te equivocabas, Max
-dijo Patsy, levantándose y yendo hacia la puerta.
-¡Guau! -dijo.
Y la razón de que al abrir la
puerta del camarote dijera éso consistía en Lorna, una
pelirroja de metro noventa, cuyo ajustado vestido negro no
conseguía retener los dos pechos más famosos de
Garbanciutad. La naturaleza le había hecho varios regalos a
Lorna, probablemente a causa del buen comportamiento de sus
antepasados, pero el más subyugante también eran dos: Las
dos pecas más famosas de Garbanciutad. Una prendía las
miradas desde un lugar privilegiado, próximo pero nunca cercano,
a su nariz o a su labio superior, o quizás a su mejilla... los
expertos no acababan de ponerse de acuerdo. La otra no se veía
cuando Lorna llevaba sus ajustados vestidos negros, aunque no la
ocultaba nada más que su vestido a pesar de que se encontraba en
un lugar que otras prendas acostumbran a ocultar.
Patsy pareció decidida a
llegar hasta la segunda peca más famosa de Garbanciutad:
-Entra, preciosa. Estoy muy
impresionada con el servicio de camarotes. ¿Puedo impresionarte
de alguna manera?.
Lorna se plantó en mitad de
la habitación en unos seis minutos, lo cual consideré un
record y me señaló con un dedo terminado en una
uña larga y pintada de negro:
-¡Dos días!
-Lorna, cariño, yo...
-comencé a decir.
-¡Dos días en el
dolmen, esperándote!
-Verás...
-Es probable que la comida
esté completamente rancia.
-Ayer conecté el circuito de
refrigeración auxiliar... -indicó su maleta negra X-33,
que siempre viajaba con ella.
-Nadie te ha preguntado nada
-sibiló Norma, mirando a la maleta de reojo.
Max intervino:
-Señorita. El señor
Patatillas y los que aquí nos encontramos, debemos partir
inmediatamente para una misión secreta muy peligrosa. Le ruego
le disculpe, estamos bajo secreto profesional desde hace exactamente
diez minutos...
Advirtiendo que el ambiente se
relajaba, fui al mueble bar y preparé un rebobinante corto y
fuerte, tal como le gustaban a Lorna.
-Bien, entonces lo mejor que puedo
hacer es ofreceros toda la comida del pic-nic- se avino ella.
-Ello resultaría muy positivo
para mis engranajes de servo-tracción. Cincuenta kilos de comida
para pic-nic son muchos kilos para una maleta ya vieja -dijo la maleta
X-33.
-¡Cállate! -le
contestó Lorna.
-¿Has probado el nuevo aceite
FPT energético-desengrasante? -preguntó la maleta X-32-
Desde que lo utilizo, gano de treinta a cuarenta julepes cúbicos
de energía al día.
Decidí preparar rebobinantes
para todos.
-Yo llevaré el equipo Ronchis
-me dijo Max- así podremos cargar en tu maleta todas las
provisiones.
-De acuerdo -respondí. Y
serví los rebobinantes, que fueron muy bien recibidos por todos
los asistentes no-maleta.
-Lorna, yo me llamo Patsy.
- Hola, Patsy. Qué
lástima que te vayas ahora.
-X-32 ha reformateado la terminal
del camarote y ha establecido una línea exclusiva con su propio
microordenador -dije a Lorna-, si te quedas aquí, puedes hacer
de enlace con nuestra expedición, tendrás acceso a todo
lo que circule por la Catedral. ¿Qué te parece?
-Me parece estupendo.
-Partamos, entonces -dijo Max-.
-Tienes que ver mi nueva
prótesis, Lorna -dijo Patsy.
-No la pierdas, cariño
-contestó Lorna, que se estaba quitando las medias, sentada al
borde de la gran cama clase A de mi camarote -y me la enseñas al
volver. ¡Ah!, ésta si que es una cama cómoda...
¡Dos días bajo un dolmen!, Pedro, me vas a matar...
-Hasta luego, Lorna -dije yo.
-Hasta luego -dijo Max.
-Hasta pronto -dijo Patsy.
-Deja tu frecuencia en 0.9.1.8.
Anula prioridades B y no te desconectes de la terminal del camarote -le
recomendó X-32 a X-33.
-¿Anular prioridades B?
¡Tengo que practicar mi curso de francés! -estaba diciendo
Lorna cuando cerré la puerta.
Nos encontrábamos en el
primer piso de la Catedral. La expedición había
comenzado...
SEGUNDA PARTE.
Los perros-lazo merodeaban por
doquier. Silenciosos y rápidos sobre la mullida moqueta que
alfombraba los cinco primeros pisos, se transmitían unos a otros
los datos sobre nuestros olores, dirección, velocidad y
contenido de las bolsas de pic-nic que transportaba X-32. Decidimos
llegar a pie hasta el segundo piso. La escalera, también
enmoquetada en toda su amplitud, estaba jalonada por descansillos y
cabinas de información pertenecientes a los diferentes cultos.
Muchas personas transitaban por ella. Subían y bajaban, guiadas
o perseguidas por perros-lazo, según sus necesidades.
El segundo piso no difería en
nada del primero. Max estuvo tentado de seguir subiendo, pero
debíamos saber lo que había en él. Podía
sernos útil a la vuelta. Así se lo hice saber a
toda la expedición:
- Registrad todas las puertas y
pasillos. X-32, pásame un sandwich.
Me senté en un descansillo.
Una balaustrada de piedra rodeaba el hueco central; el
vestíbulo, abajo, bullía de actividad. Hacia arriba, la
catedral se perdía en las negruras. La opresión de todo
aquel espacio vacío que llegaba hasta la torre central me
mareó.
-¡Tras las puertas hay sal!
-Patsy estaba de regreso.
-¡Sal!
-Sal de Nobor -dijo Max, que llegaba
procedente del otro lado.
-¡Sal de Nobor! ¡Es
extraordinario!
-Creo que la usan para las
gaviotas-lanzilla, o al menos éso parece indiciar este
certificado.
Me tendió un papel azulado,
dividido en casillas, que estaban rellenadas a mano:
"PROSCO= Alena.
ZAGLUTIZÓN= Banga ±
Kilo 00,897.
BELANGO= Swroptf.11119.
PRAFSTENIKO= Grabre/Argrabre 9.
PONGO= Fino."
-¡ésto es
seemundés!
-¡Introduzcámoslo en
X-32, rápido!.
Así lo hicimos. Al cabo de
pocos segundos, X-32 desplegó su minipantalla, en la que pudimos
leer:
«G.O.S.O. (ap.)
Servicio de traducción
fuente: seemundés primitivo
“PROSCO= Alena”. CONTENIDO= Sal.
“ZAGLUTIZÓN= Banga ±
Kilo 00,897”. CANTIDAD= Digamos (también:
¿A mí qué me
cuentan?) ± 79.800 Kg.
“BELANGO= Swroptf.11119”.
PARTIDA= Contenedor 91.111
“PRAFSTENIKO= Grabre/Argrabre 9”.
OPERARIOS= Grabre y sus 9
hermanos.
“PONGO= Fino." INCIDENCIAS= Buen
servicio de bar.
fin de la traducción.»
Muy bien -dije- vamos a intentar
acampar en este piso. ¿Hay algún depósito de sal
algo vacío?
-Hay varios en los que podemos
hacernos un lugar -respondió Patsy.
-Vamos, pues.
Comimos los tres algunas provisiones
e hicimos todo lo posible para que resultase confortable pasar la noche
en una habitación llena de sal. Modelamos unos igloos bastante
acogedores y nos dispusimos a descansar. Llamé a X-32, que
andaba colocando sensores alrededor de la puerta.
-Dime, X-32, tú eres quien
transmite los hechos de mis aventuras a la señora Li-Poo,
¿no es cierto?
-Exactamente.
-Y ella los dirige a
Ronchis-Archivos (territorios conocidos), donde Aldous Baker los
redacta en forma novelada, ¿no es así?
-Por demás, es cierto.
-¿Tienes acceso al resultado?
¿Puedes enseñarme, por ejemplo, lo que está
escribiendo sobre esta aventura concreta?
Naturalmente. El profesor Baker
tiene, según mis datos, una página completa que resume
bastante bien todo lo acaecido en los últimos días...
-¡Una página! Estamos
arreglados. Muéstramela, X-32.
La maleta desplegó su
mini-pantalla. Sentado en la sal, leí la primera página
de mis aventuras:
"Años después
encontré a Max en una hondonada de blanda hierba. Enfilé
la autopista sur en dirección a Garbanciutad, cuando en el
primer piso vi aterrizar un helicóptero. Ciertamente, me
extrañó bastante despertar en el mismo sitio en que
había caído.
-¿Puede identificarse?- A mi
espalda, tres cuadrilleros de la Policía Teocrática me
miraban con desconfianza. Fingí buscar algo en la guantera hasta
que estuvieron junto al somormujo. Entonces dije: Batidos de almendras
con vino, de lagarto con aligustre, de aleta de albatros con langostino.
-Es curioso, corresponde totalmente
a la descripción...
-Tenemos muy buenos agentes,
señor Patatillas. En especial X-32, la maleta azul.
-¿Esta consulta está
siendo registrada por la policía teocrática?.
También ocupaban una mesa la
señora Li-Poo y sus simpáticos lanzo-pistoleros.
-Vamos -dijo- y abrió la
portezuela del primer taxi.
Duró algo más de media
hora. Al llegar a un pasaje cerrado por una gran puerta de metal
forjado, la muchacha se detuvo y todos hicimos lo mismo. Convertido en
una cómoda silla funcional de los años cincuenta forrada
en skai granate, alojaba a un viejecito encantador.
-Gracias, lo cuidaremos muy bien,
señorita... -respondí, atrapando el llavero al vuelo.Lo
extraordinario del caso es que, cuando probábamos el resultado,
sabía prácticamente de una manera absoluta a tortilla de
alubias.
-Vámonos -le dije a Max, que
trataba de convencer a uno de los saxofonistas sobre la existencia de
un rasgo básico en la personalidad de todos los saxofonistas.
Max intervino: Los perros-lazo
merodeaban por doquier."
-¡Max aparece demasiado!
¡Son mis aventuras, demasiado Max por aquí, Max por
allá!
-El profesor Baker me comunica que
si no estás de acuerdo, puede proponerte otras posibilidades
para la primera página -me interrumpió la maleta.
-Adelante -dije. En la
mini-pantalla, apareció un nuevo texto:
"El sonido de las motocicletas en la
noche lunática es como el tableteo de las tabletas
tableteantes...
El resultado de mis misiones es
variable e incluso sigue variando una vez concluidos los casos:
Sabía a quién debía buscar, porqué y para
quién (ésto no es Garbanciutad, sino un
pequeño satélite del sistema Nódulus).
Recuerdo que mi último
pensamiento fue: "Aquí hay algo bueno. Si no, no me hubieran
disparado".
-Lo siento, mi documentación
está en mi maleta, la envié al camarote hace unos minutos.
-Puedo opacar los cristales.
-Sí, hazlo.
¿Ves esa columna de humo?-
señalé al cielo, tras las tribunas. Era del capitandante
Lucas Tomate y decía así: "Rowustopt sgansk afdreh
- feleow güank ank - Dibordondos - Numa".
-He pensado en ofrecerle una
cantidad inicial de setecientas mil burbujas. (Y el ejército
personal del Arcipreste gritando a todo el mundo que la ginebra era de
mala calidad...)
-¡Qué
osadía! -exclamé.
Había esculturas como la de
la entrada: Nos miró, sorprendido, arrancó un grano de
uva del reposabrazos y lo comió desganadamente frente a uno de
los restaurantes más famosos de Garbanciutad, de innumerables
líneas aéreas.
-De momento, ahí están
las raciones que pidió X-32: De treinta a cuarenta julepes
cúbicos de energía al día.
La opresión de todo aquel
espacio vacío, que llegaba hasta la torre central, me
mareó."
Así está mejor.
Felicita de mi parte al profesor.
Busqué una posición
cómoda y me dormí en mi cama de sal. X-32 recogió
la minipantalla y siguió su vigilancia.
X-32 nos despertó emitiendo
muy bajito por sus altavoces una versión de "Limbo's Tarantula"
que a todos nos gustaba especialmente, excepto a Max, que la
consideraba tremendamente inferior a cualquier otra. Era una
grabación del Ejército Amenizado de Salvación para
Travestidos Estuprados por Ancianas en la Cafetería de la
Estación de Autobuses
de Villa-Grilla (E.A.S.T.E.A.C.E.A.V.) que había ocupado
la cara B de su disco "Atención: advertencia importante" y que
se encontraba entre los cien mil títulos que almacenaba X-32 en
sus bancos de distracción. Inmediatamente, la maleta
sirvió café y Max desembaló el equipo Ronchis.
-Mira -me dijo- en el sensor
del Ronchis han quedado impresionadas todas las rondas de vigilancia
que se han efectuado durante la noche en este piso. Tres rondas, de dos
hombres cada una y una inspección mecánica de
lanzo-oledores autoalimentados.
-X-32, ¿hay alguien afuera?
-Aún no se advierte
movimiento.
La sal irradiaba una fantasmal
luminosidad en aquel silo sin ventanas. La maleta recogió sus
sensores de alerta y apuramos los cafés. Patsy emergió de
su saco de dormir, completamente despeinada:
-Me encanta despertar con "Limbo's
Tarantula".
-Vámonos -dije en voz alta.
Una pared de sal se derrumbó y estuvo apunto de sepultar a X-32,
que se apartó con indiferencia. Max abrió la puerta.
La claridad del día
había conseguido obtener cierto brillo mortecino de las oscuras
losas con que estaba construida la catedral. En efecto, la
galería del segundo piso estaba desierta. Un murmullo creciente
llegaba desde la planta baja. Los mostradores de información y
las tiendas de souvenirs levantaban sus persianas transparentes de duro
cristal. Iniciamos la ascensión. A pesar de que entre piso y
piso hay alrededor de mil escalones, todos llevábamos buen ritmo
y establecí paradas cada tres descansillos (más o menos
cada trescientos metros). Sólo X-32 lo pasaba realmente mal,
pues no tenía más remedio que subir utilizando sus
pato-sensores, mucho menos perfeccionados que sus clásicas
ruedas dobles servo-giratorias. Por otra parte, el ruido que
producía su pato-sensor delantero derecho pedía a gritos
una revisión de engrase. Patsy se lo hizo notar:
-Oye, X-32, deberías engrasar
con frecuencia tus pato-sensores...
-Tengo a X-33 en línea
-interumpió la maleta-, creo que acaban de registrar nuestro
camarote. Exacto. Y han interrogado a Lorna.
-¿Qué más?
-Nous avons...
-¿Nous avons?
-Nous avons enfermé...
-¿Nous avons enfermé?
-Nous avons enfermé dans ces
six catégories les bruits fondamentaux les plus caracteristiques.
-X-32, ¿qué significa
éso?
-Han activado las prioridades B.
Hemos perdido contacto con el camarote.
-Por lo menos sabemos que Lorna
está en su clase de francés. X-32, ¿cuánto
tiempo necesitas para restablecer comunicación? ¿Puedes
reparar a X-33 desde aquí?.
-Me llevará un par de
días.
-Bien, continuemos.
El tercer piso de la catedral de
Garbanciutad presentaba el mismo laberinto de corredores, puertas y
muros silenciosos que el anterior. Más allá de la zona de
ascensores (muy próxima a la escalera) se perdían en la
penumbra los pasos de algún invisible caminante.
-Mi sugerencia es continuar
subiendo. Aquí no se nos ha perdido nada -dijo Max.
-El arcipreste puede encontrarse en
cualquier parte -advirtió Patsy.
-¿Buscan algo? -dijo un tipo
corpulento de largos brazos, en cuyos extremos se balanceaban dos
impresionantes manazas. Sus palabras se perdieron, en sucesivos ecos,
por los pasillos vacíos.
-Somos turistas. buscamos una
auto-plataforma para celebrar un pic-nic.
-Mi nombre es Garrapatón
García y no me creo ni una palabra de lo que dicen. Pero
acompáñenme, tengo algo para ustedes.
-¿Algo para nosotros?
-Noticias del arcipreste.
Seguimos al gigantón durante
unos minutos. Max se colocó a su lado.
-¿Trabaja usted aquí?
-Vivo aquí.
Llegamos a una puerta marcada con el
número 3.502, Garrapatón García la abrió
con una tarjeta-todo y nos invitó a pasar. El lugar era
asombroso. La estancia, sin ninguna división, no hacía
menos de trescientos metros cuadrados. Uno de sus lados tenía
amplios ventanales
que la llenaban de luz. El techo era
altísimo. Probablemente, llegaba hasta el cuarto piso. En los
muros, pintadas al fresco, podían verse varias escenas
tradicionales: Una cacería de hélices, la secuencia
principal del baile del sarmiento, recolectores de lopos, etc. Una gran
cama ocupaba el centro
geométrico de la habitación. Garrapatón
García nos sonrió y acercó algunas sillas a una
estufa en la que ardía leña de fresno.
-¿Queréis beber algo?
-¿Tienes rapote?
-preguntó Patsy.
-Lo siento, no tengo. Pero hago un
aguardiente buenísimo aquí. Debéis probarlo.
-Está bien -dije yo-, pero
quiero saber cuales son esas noticias del arcipreste.
-Ya hablaremos de éso.
Podéis quedaros a comer. Esta tarde os pasaré al cuarto piso, por allí
-señaló a la
penumbra del techo.
Max se levantó y
deambuló alrededor de la estufa, mirando a las alturas.
-¿Cómo podremos subir
hasta allí?
-Tengo un puente grúa en
aquel lado.
Todos miramos hacia donde
Garrapatón García se había vuelto.
-Oh, ahora no se ve. Está
empotrado en el muro. Oculto.
-¿Qué es aquel
montón de cajas amarillas? -preguntó Patsy.
-Núcleos. Núcleos
activos de los lanzo-oledores.
-¿Destripas lanzo-oledores
autoalimentados?
-Me los como. Los cocino muy bien.
Es decir, la parte orgánica. Utilizo los elementos
mecánicos para construir mis herramientas y guardo los
núcleos activos.
-Es como si tuvieras aquí un
gran cerebro y una gran reserva de energía pero fragmentados en
varios centenares de módulos -le dije.
-Exacto. El problema es que no
sé cuáles serían las ventajas de un super-cerebro
de perro-lanzilla. En cuanto a la energía, es fácil de
sumar, pero la verdad, no tengo tampoco interés en volar la
catedral o despegar con ella. Uso los núcleos de tres en tres. A
veces más, como
para mover el puente grúa,
que preciso diez. En cualquier caso, los lanzo-oledores me interesan
sobre todo gastronómicamente. Esos pájaros polvorientos
que viven en el claustro son detestables desde el punto de vista de su
sabor. Sus núcleos también son más pequeños.
-Las gaviotas.
-Las gaviotas.
Max había vuelto a su silla
junto a la estufa.
-Con mi equipo Ronchis y tu
montaña de cajas amarillas podemos tener un super-equipo
Ronchis. Ni más ni menos.
Garrapatón García le
miró de soslayo.
-Convirtiendo el Ronchis en
estación de enlace reconstruiríamos aquí el
cuartel general que Lorna y X-33 formaban en el camarote. Me propongo
como candidata al super-cerebro lanza -intervino la maleta X-32.
-¿Otras ventajas?
-inquirí.
-Menor peso para la
expedición teniendo en mí todas las ventajas del Ronchis
al mismo tiempo.
-Grave inconveniente
-interrumpí-: Pérdida de un elemento activo (Max con el
Ronchis) e imposibilidad de que pudiérais doblar vuestro
trabajo. Definitivamente, seré yo quien me conectaré a
los núcleos.
-¡Nadie se conectará a
mis núcleos! Por el momento...
Garrapatón se levantó,
malhumorado. Sus brazos colgaban junto a su cuerpo. Miraba sus zapatos,
rojo el izquierdo, verde el derecho, amarillo el del centro.
-Si esa pared se abriese ahora y
aparecieran unos cuantos tentáculos terminados en pinzas
articuladas que intentasen atrapar el lanzo-oledor que estás
cocinando ¿Qué harías?
-Siempre que sucede éso, me
retiro a un extremo de la habitación lo bastante alejado.
-Ah.
-Pero vamos a comer,
¡caramba!, sois unos pesimistas.
Nos sentamos en torno a una mesa que
Garrapatón extrajo del suelo. Él mismo sirvió los
platos.
-Hmmm... delicioso -dijo Patsy.
Una pared se abrió y
alrededor de un centenar de tentáculos se abatieron sobre el
asado. Todos nos retiramos prudentemente a un extremo alejado.
-Son los tenta-comedores.
Sólo se manifiestan durante el primer plato.
-Ah.
-Afortunadamente, tengo una compota
de turénganos y algo de queso. Voy a por ella.
Nos quedamos sólos unos
instantes. De pronto, el suelo se levantó violentamente y los
ladrillos gastados saltaron como esquirlas, golpeando por todas partes.
El techo se venía abajo, acercando sus tonos púrpuras a
nuestras miradas desorbitradas. Max conectó el Ronchis, Patsy
agarró un frasco de compota y se lo lanzó a un
refrigerador industrial que resbalaba hacia nosotros como si la
estancia se hubiera inclinado. X-32 comenzó a girar sobre
sí misma, tropezando con los restos de la comida. Yo
traté de pensar en el Gran Malís, e ignoro porqué.
-El Ronchis detecta campo A de consistencia B en un grado HZ -dijo Max.
-¡Tiráos al suelo!
-grité- buscad toallas mojadas!
Las cortinas de los ventanales
volaban a girones y trataban de asfixiarnos. Un temblor sacudió
el suelo. Era rítmico, regular, poderoso, inquietante, definitivo. Se
acercaba.
Eran los pasos de Garrapatón
García. Eran los pasos de un gigante.
Garrapatón se plantó
ante nuestro grupo. Era un gigante y su voz atronaba cuando nos dijo:
-¡Y bien, qué
queréis, criaturas!
-¡Es el Gran Malís
quien nos envía! -aullé. Había visto caer
inconsciente a Patsy. Un cascote le había golpeado en la cabeza.
Max perseguía a X-32, que giraba incontrolada sobre sus ruedas
macizas emitiendo cintas al revés.
Y Garrapatón se
convirtió en un perro-lanza gigante que goteaba hidrocarburos
por sus fauces desdentadas.
-¡Arf! -dijo.
-Gorf 451, en un caso extremo. Lo
normal es Uf 15. Adaptable a todo -respondió X-32.
-¡Garf! -respondió el
perro, que se había sentado, haciendo temblar el suelo y las
paredes y derribándonos a todos.
-Garf sólo es adecuado en
circunstancias L y B. Tú deberías saberlo.
-¡Grrr!
-G por (rrr) es igual a Hola.
-¿...?
¡Hola!
-Slurp -dijo el perro, lamiendo la
maleta.
-Uf -dijimos todos.
-¡Garf! -y el perro
volvió a incorporarse.
-Ya hemos aceptado que Garf
corresponde a Uf 15, no a Uf a secas.
El perro meneó la cola,
levantando un huracán que nos obligó a asirnos unos a
otros para no caer. Luego se tumbó. Levantó una oreja
(sus orejas tenían el tamaño de un quiosco de
periódicos) y de ella salió Garrapatón
García, convertido en un enano jovial que enarbolaba un
utensilio de cocina no identificado. -Hola- dijo.
-Hola -, respondimos
desconfiadamente. El perro había desaparecido.
Garrapatón volvía a
tener su tamaño normal.
-No os asustéis, él me
ayudará a trasladaros al próximo piso. Es inofensivo,
pero tiene muy mal vocabulario.
-Gracias, X-32 -le dije sinceramente
a la maleta cuando me trajo un plato con queso bañado en aceite
de gaviota.
-Conozco bien a los no-laterales.
-Ah.
X-32 recogió la minipantalla
y siguió su vigilancia. Habíamos comido distendidamente
en torno a la estufa, explicando anécdotas (las de
Garrapatón eran especialmente notables) y viejas leyendas de
1.264 (Garrapatón conocía muchísimas).
Improvisamos algunos juegos mientras bebíamos café
(fuimos vencidos sistemáticamente por Garrapatón) y
cuando probamos su tremendo aguardiente de eucalipto todos tosimos,
enrojecidos, menos él. La oscuridad se había ido
adueñando de la estancia, que perdió definitivamente sus
contornos. El cielo estrellado llenó los ventanales.
-Voy a encender algunos focos -dijo
Garrapatón, incorporándose. Le vimos alejarse y
desaparecer en la penumbra. Todos comenzamos a escrutar el suelo,
esperando una nueva erupción.
La sacudida no se hizo esperar y
fuimos a parapetarnos detrás de X-32. El perro gigante hizo su
aparición. Acercó su hocico hasta la maleta y
comenzó a olisquearnos. Una poderosa luz nos
deslumbró. Cientos de reflectores se habían iluminado a
la vez.
-¡Ah, ya estás
aquí! -era la voz de Garrapatón, que volvía a ser
un gigante. Llevaba en la mano un hueso de diplodocus y se lo
lanzó al perro. Éste trotó en pos del hueso.
-Salid, sin miedo. Y sentaos a
horcajadas en mi brazo. Os voy a subir.
He introducido en un banco libre de
vuestra maleta un mensaje en clave para el Arcipreste Gordon. No os
olvidéis de entregárselo.
Garrapatón se puso de
puntillas y levantó el brazo. Nos vimos inmediatamente
transportados al techo, que estaba tan cerca que podíamos
tocarlo. Noté que había una trampilla. Garrapatón
la levantó con la otra mano. El bloque de piedra cayó con
estrépito en el piso de arriba.
-Saltad.
Saltamos. Estábamos en un
amplio corredor jalonado por columnas. El silencio era absoluto.
Desplazamos entre todos la trampilla y la colocamos en su sitio. El
resplandor del piso inferior desapareció y nos quedamos quietos,
recuperándonos del esfuerzo. Al cabo de unos minutos, nuestros
ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad.
-X-32, conecta tus micro-linternas
-dije.
La maleta se iluminó como un
avión de pasajeros.
-Propongo avanzar en aquella
dirección -expuse a los otros, señalando hacia un recodo
del pasillo del que provenía un ténue resplandor
intermitente- debemos acampar y ocultarnos cuanto antes.
-Voy a conectar el Ronchis. No me
movería por aquí sin radar –dijo Max, preocupado.
Nos llevó unos minutos
alcanzar el recodo. Caminábamos despacio y muy pegados a la
pared.
-Detecto seres orgánicos
-dijo Max- bastantes.
-Ciento cuatro -puntualizó
X-32.
-¿Humanos?
-Hay al menos una simulación.
Semiorgánico. Es mayor que un lanzo-oledor -especificó la
maleta.
-El Ronchis no detecta armas.
-Colocaré una sonda visual
-la maleta rodó silenciosamente hasta el recodo y
extendió un finísimo cable plateado que, como dotado de
vida propia, serpenteó hasta colocarse en la mitad del
pavimento. Se balanceó semierguido.
-Observad la mini-pantalla -dijo
Patsy, apremiante. Ella ya lo había visto. Luego lo vimos Max y
yo.
-Un bar -dijo Max.
-Un bar -dijimos los demás.
Avanzamos, unos junto a otros por el
pasillo, que formaba un callejón sin otra salida que el propio
bar. Un rótulo luminoso algo desprendido de uno de sus lados,
parpadeaba. "Rab Un", decía.
-Rab un. ¿Es
seemundés, X-32?
Patsy se adelantó:
Es un cifrado por
sustitución. "ra-bun", sería la codificación
correcta (ya que no es una inversión, sino una clave: U=R; A=N;
B=B; A=U; R=N.) Prueba con frases más largas.
Habíamos llegado a la puerta,
que era de grueso cristal opaco y en ella se iluminó
"bienvenidos al cuarto piso" en letras rojas. La puerta se abrió
silenciosamente, aunque ésto último quizá no fuese
así: el barullo que procedía del interior era
ensordecedor.
Ciento cuatro personas
departían, jugaban, dormían o bebían. Nadie nos
prestó atención cuando descendimos la rampa que salvaba
el desnivel. El bar estaba unos metros más abajo y me
pregunté cómo era posible. Fuimos hasta la barra, donde
un hombre grueso con tirantes y camisa blanca pasaba
mecánicamente un viejo trozo de gamuza por el mostrador. Era
completamente calvo y un gran bigote negro trepaba por ambos lados de
su nariz.
-Buenas noches -grité-.
Pónganos unas cervezas.
-Al momento.
Exploré el lugar con la
mirada, buscando una mesa vacía. Otras miradas se cruzaron con
la mía. Pensé que una de ellas podría ser la del
semi-orgánico.
Propuse al grupo una mesa que se
ocultaba discretamente tras una columna cada vez que la miraba. Cuando
vió que nos dirigíamos hacia ella, dejó escapar un
suspiro y se quedó quieta, esperando que la ocupáramos.
X-32 tansportaba nuestras jarras de cerveza en sus posavasos
auxiliares. Ello nos permitía dar la mano a cuantos parroquianos
nos la tendían. Su afabilidad terminó cuando ocupamos la
mesa y todos reanudaron su actividad.
-Probablemente hayan habitaciones
aquí -especuló Max, dando un largo sorbo de su jarra
espumeante.
-Esto debe ser una guarida de la F.
A. S. C. -dijo Patsy.
-¿La F.A.S.C. nos
ayudaría? -pregunté.
-Actúan sobre todo en el
hipódromo. Pero es posible que nos ayuden a encontrar
habitaciones -explicó Max.
Apuramos lentamente nuestras
cervezas. La densa atmósfera del bar inducía a un estado
placentero y relajado. Entorné los ojos mirando a las mesas que
se extendían hasta la barra. Casi todas estaban ocupadas por una
o dos personas. Ví que un tipo flaco y encorvado se incorporaba
y cambiaba de mesa. Tras hablar con los que la ocupaban, pasó a
otra y luego a otra. En cada una se detenía apenas un par de
minutos. Su particular recorrido le acercaba hacia nosotros en un zig
zag preciso que comenzó a inquietarme.
Cuando se sentó junto a
mí, le miré a los ojos, inquieto.
Era un hombre de unos cuarenta
años, cuyo rostro surcado de arrugas estaba semioculto bajo un
harapiento sombrero de color indeterminado. El personaje vestía
un extraño mono verde adornado con flecos, y babuchas de cuero,
muy puntiagudas.
Me miró, frotándose
las manos.
-¿Señor Patatillas?
-Sí, soy yo.
-Es un placer saludarle
-tendió una mano agarrotada hacia mí, que yo
no correspondí.
-No cree que debería
permitirme compartir con usted el privilegio de saber con quién
estoy hablando? -repuse.
-Disculpe. Soy Don Wolframio Villa.
-¡Doctor! Es un placer
-exclamé, mientras pensaba "Los mecanismos para la
búsqueda del Arcipreste comienzan a interaccionar."
Nos estrechamos la mano.
El Doctor Villa me explicó
algunas de las circunstancias de su misión para el Consorcio:
infiltrarse como telépata en la expedición de
Aníbal Nostradamus, para detectar posibles ventajas de la
ocupación de Cortina 3/4 por parte de la Sociedad Bianual
Ronchis.
-...en realidad -estaba diciendo el
telépata- no fuimos bien informados, pues el pasillo "Los
Frutales" estaba bloqueado con grande