Como buen
estilete de hoja múltiple, el difamador ego es tan capaz de
abrir escamas
como de maniobrar por los senderos de arena.
La especie sonora brota como un latente fármaco y
sus pulsaciones señalan el rastro de una extraña y
atávica reconquista:
la del arma definitiva para sobrevivir a las noches eternas del
desierto.
Es el feriado dogma que todos quieren hacer suyo,
pero inclinado unos 45 grados, lo suficiente para resultar
irreconocible,
algo rugoso y de lógica esquiva.
Su improbable perfil de emigrado fado desliza su rasgo de cincel
a través del ténue meridiano que separa (aparentemente)
el laberinto subterráneo de las abismales superfícies,
buscando la forma de convertir el paso del tiempo en esponja de
cristal.
Es por eso que siempre debe mantenerse a una temperatura incierta.
En él arde la llama oscura. Allí se encuentran los
errantes,
para reconocerse durante unos instantes y volver al frío
luminoso del desierto.