PRÓLOGO A LA RECOPILACIÓN DE ARTE POSTAL CONVOCADA BAJO EL TEMA GENÉRICO ¿ES LA FELICIDAD ESTÚPIDA? Y OTRA VARIABLE.

por Victor Nubla.

Aquí tienen ustedes el resultado de convocar a la gente. Van y responden. Y se ponen a pensar y ofrecen reflexiones, apuntes, espirales y parábolas sobre el tema propuesto. La convocatoria tenía dos variables sobre el tema central.

Variable 1: ¿Es la felicidad estúpida?, que es como decir ¿Es estúpida la felicidad?, aunque un poco más literariamente o como habiendo hecho una traducción literal del inglés.

La variable 2 era: La estupidez de la felicidad.

Vale. A mí, que me ha tocado hacer el texto de presentación del catálogo, también me corresponde reflexionar en voz alta sobre el tema y no se me permite recortar y pegar, ni masacrar objetos, ni trazar enigmáticas miniaturas. Tampoco solventar el asunto con un poema de dos líneas.

Empezaré por la variable 2. Me gustaría abordar el tema desde un punto de vista holístico (es decir, desde muchos): como todas las cosas del universo se contienen en cada una de ellas, la felicidad contiene estupidez, como la contienen la pereza, el amor por el buen vino, la generosidad o la tacañería. Puede ser que en porcentajes distintos según quién sea feliz y lo estúpido que sea. Tampoco existe una estadística sobre si los que son más felices son más estúpidos, etcétera. Primero, porque muchas de las personalidades históricas o del mundo del arte y de las ciencias que admiramos, se crearon una estupenda imágen de malos malísimos y sufridores sufrientes para caerle más bien al personal o tenerlo asustadito y cuando eran felices nadie se enteraba. Vamos, que si se iban a pescar truchas o jugaban con trenes eléctricos ya se ocupaban de que no se enterase ni el servicio. De ahí podríamos deducir que la felicidad no es maldita. Al mismo tiempo, tales benefactores de lo humano se cuidaron muy bien de ocultar su estupidez, como todo el mundo en presencia de sus fans, no hablando de lo que no entendían, no quedándose pasmados aunque tuvieran ante ellos al ídolo más ídolo de su infancia ni aunque hubieran perdido el tren o se hubieran equivocado de día o de ciudad en sus apariciones. Pero antes de continuar, vamos a consultar el diccionario. Lo estúpido o un estúpido (que tanto es un adjetivo como un sustantivo), es lo o es alguien “necio y torpe para comprender las cosas”. Y necio es alguien “ignorante de lo que podía o debía saber”. Aquí comienza el lío: si alguien es torpe para comprender las cosas, no es necesariamente necio, o bien, si alguien podía saber algo que no sabe, no es torpe para comprender las cosas, sino un capullo, que según el diccionario es “la envoltura en que se encierra, hilando su baba, el gusano de seda para transformarse en crisálida” o también un “prepucio”. Podría ser que la palabra estúpido/a se haya desplazado de significado con respecto a sus orígenes etimológicos por el uso coloquial. Así parecen indicarlo los significados de estupor: “Disminución de la actividad intelectual, acompañada de cierto aire de asombro o de enajenamiento” y de estupefacto: “Atónito, pasmado, extasiado”. (Por cierto, estupefaciente: “Dícese de las drogas o narcóticos que suspenden o debilitan la actividad cerebral”). De manera que, puestos a reconstruir la idea, podríamos decir que la felicidad es torpe para comprender las cosas, que la felicidad es asombrosa y enajenada o que la felicidad es éxtasis (o metanfetamina). Este último caso está corroborado por los últimos descubrimientos en el tema de las endorfinas. ¿Porqué descarto la primera opción, es decir, que la felicidad es necia?, pues porque si nos atenemos a que la necedad es ignorar lo que debíamos o podíamos saber, en estos momentos, toda nuestra civilización sufre una tremenda crisis de necedad, comprobable nada más saliendo a la calle, leyendo un periódico, conectando el televisor o escuchando un disco. Sin embargo, nadie es feliz. Éso también es comprobable más o menos de la misma manera. Y ya que estamos aquí, vamos ahora a ver lo de la felicidad. Felicidad: “Estado placentero del ánimo. Goce completo. Satisfacción, contento”. Veamos: si a uno le regalan un millón de pesetas y está contento y satisfecho, ¿tiene que estar forzosamente estupefacto? ¿no estará más bien pensando en qué se lo va a gastar? O si uno tiene un estado de ánimo placentero por causa de que le están dando mucho placer, ¿ha de ser forzosamente torpe para comprender las cosas? Si así fuese, no comprendería porqué está sintiendo placer y no tendría un estado de ánimo placentero.
Cabe advertir que personalizo y concreto por qué la felicidad y la estupidez son conceptos y resulta difícil atribuirles valores absolutos que no sean el de su propia integridad: claro que la felicidad es feliz y la estupidez estúpida, como la liquidez es líquida y la ambigüedad ambigua, pero para que esos conceptos se puedan combinar, ha de hacerse literariamente. Por ejemplo: "la mirada de aquel gato era de una liquidez ambigua" o "la sonrisa de aquel funcionario era de una felicidad estúpida".
Otra cosa que me ha hecho dudar de las posibilidades del binomio que nos ocupa es la siguiente: Le suponemos a la felicidad una existencia efímera, como un éxito contra el sufrimiento, como una ausencia momentánea de dolor o preocupación, nada perdurable en nuestro mundo. Y sin embargo, ¿qué hay menos efímero que la estupidez? En la acepción de necio, lo estúpido perdura y se transmite culturalmente sin sosiego. En la de torpe para comprender las cosas, pues como se nace se es, y no vamos a hacer de la escasa dotación de cada uno instrumento de mortificación. No hace falta saber sumar para encontrarse bien de salud o tener una vida sexual placentera o estar contento por encontrarse con un amigo.
En fin, que ya se sabe lo que pasa con la poesía y el arte. Primero lo sueltas y luego siempre le toca a alguno dar las explicaciones, cosa que para mí, en este caso, ha sido un placer, y de ello dejo constancia con este escrito el 19 de Abril de 1997.

Publicado en julio de 2000



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