DESEO.
Todo
aquello que sucede en el tiempo y se relaciona con nosotros juega con nuestra
capacidad de sorpresa. Esto tiene un aspecto biológico y otro cultural.
Al nivel de los impulsos primarios, es fundamental que no exista la sorpresa
en un contexto de peligro. Así, es bueno que en esos contextos exista
el aburrimiento (que exista una previsibilidad). La diferencia más
importante entre el querer y el desear es que este último opera
en armonía con las expectativas mientras que el primero no evalua
los medios. El deseo es el gran motor de los acontecimientos humanos y
generalmente, aquello que se desea acaba por cumplirse. El deseo no es
exactamente una expresión de nuestra mente, aunque ésta puede
razonarlo. El querer sí es una operación mental, mientras
que el deseo es una fuerza biológica. Con el deseo se relacionan
conceptos como el de premonición, que es algo en lo que no creemos
racionalmente, pero que practicamos siempre al escuchar música.
De hecho, puede llegar a establecerse que aquellas músicas que más
nos cautivan son aquellas cuya capacidad de sorpresa y decepción
está equilibrada, es decir, que cuando las oímos sabemos
qué es lo que va a ocurrir el suficiente número de veces
para que nos resulte satisfactorio sin aburrirnos, y no sabemos lo que
va a ocurrir el suficiente número de veces para que no nos desconcierte.
Podríamos decir que el deseo se pasea por el tiempo en busca de
los acontecimientos, y como las líneas temporales son innumerables,
tanto más efectivo es cuanto más delimitado está su
campo de acción. En la escucha, el deseo puede practicar la premonición
en bandas especulativas estrechas y aumentar su rendimiento. El tiempo
es una dimensión que el deseo y el arte pueden recorrer en todas
direcciones.