El
mundo es un gran emisor y nosotros sus autores. Ese podría ser uno
de los logros más importantes de este siglo, la incorporación
definitiva de todo el entorno sonoro a la voluntad. Cabe señalar
que a tenor de la situación, un corolario podría ser el siguiente:
No es imprescindible la existencia de un "autor" consciente que se sitúa
entre el sonido y el receptor, mucho menos "antes" del sonido. El organizador
previo es aquel oyente que fija y transmite, puesto que el proceso de escucha
es en sí un proceso de organización que tiene lugar en la
mente. Pero también han habido derrotas espectaculares: el sistema
educativo ha conseguido algo que podría parecer imposible: cualquier
niño sabe distinguir los colores y las formas geométricas
y sin embargo no cuenta con palabras para nombrar los valores sonoros de
lo que escucha. Tal barbaridad que diríamos fruto de una sistemática
operación de "limpieza sensorial" no ha sido llevada a cabo por
grupos nazis organizados, sino por honrados padres y madres de familia,
profesionales de la enseñanza, políticos y artistas. El resultado
es paradójico: nunca el universo sonoro de la humanidad fue tan
rico, variado y cambiante como el de este final de siglo, a la vez que
nunca los seres humanos habían tenido menos herramientas para acercarse
a él, disfrutarlo y comprenderlo. En la potenciación de nuestro
desarrollo no suele incluírse la estructura psicológica que
permitiría una relación con el sonido capaz de suministrarnos
experiencias completas. El occidental adulto medio mantiene a lo largo
de su vida una aproximación infantil al entorno sonoro que contrasta
con la relativa velocidad con que adquiere madurez su percepción
visual. Ese es un problema educativo de largo alcance. Y ello sucede también
con otros sentidos: veamos de cuantas maneras podemos expresar el gusto:
dulce, amargo, agridulce, seco, suave... lo siguiente suele ser "está
bueno" o "está malo". No vamos más allá. Y menos podemos
explicar sobre el tacto. No hay nada parecido a "rojo", "verde", "azul",
"enfocado", "desenfocado", "cúbico" o "rectangular"...
La
música popular está ocupando por derecho propio territorios
del arte actual que correspondieron siempre a la música llamada
"culta", y ello es muy saludable. El fin de tales salvedades sería
un indicador precioso, y así parece que va sucediendo. Pero, así
como a la aproximación cultista le bastó con el hipertexto
de la partitura, que no es más que eso: un hipertexto, las nuevas
músicas, fruto de una nueva manera de acceder al sonido que nunca
antes existió ni fue posible (desde la síntesis al muestreo),
más allá de la matemática, toda aproximación
crítica, o se agarra a los flecos contextuales como pueden ser moda,
sociedad, "tendencias" o avance tecnológico, o se adentra en sorprendentes
ejercicios literarios similares a las notas de cata enológicas.
Ello es el resultado de nuestra educación sensorial jerarquizada.
Y esta situación actual no parece ser un objeto inmediato de revisión
por parte de la ciencia, el pensamiento o el arte. Es una de esas cosas
graves que se pasan por alto. Y sin embargo, es el momento de ponerse manos
a la obra y establecer cuales deberían ser las prioridades de cara
a una cultura de todos los sentidos y dejarnos de aburridos argumentos
multimedia que van a dejar muy mal recuerdo de una época tan fascinante
como esta.