No voy a hacer igual que otros, que cuentan como experiencias reales historias salidas de su imaginación. Advierto claramente a todos, que lo que voy a explicar no ha sucedido más que en mi imaginación aunque, éso si, sin mi consentimiento, pues son sueños. Son cinco de entre los muchos sueños que tuve en 1995.
1. ¿Habéis soñado alguna
vez que viajábais en el tiempo? A mí me sucedió.
Soñé que las primeras dosis de
L.S.D. introducidas en las canalizaciones de agua potable datan de 1966.
Afectaron a las ciudades de San Francisco, Berna, Zurich, Pamplona y Teherán.
No fueron las únicas.
En 1985, casi la totalidad de la población
mundial se hallaba bajo los constantes efectos de la sustancia sin saberlo.
El grupo terrorista que llevó a cabo la acción, se disolvió
poco después, sin que nadie llegara a conocer su identidad.
A principios de los 90, esta información
llega a ser conocida por determinados políticos. Es entonces cuando
comienza a idearse un método para solventar la situación.
El método, concebido por un equipo científico secreto, consiste
en viajar en el tiempo para tratar de evitar lo sucedido en 1966. Ésto
se lleva a cabo conduciendo el sueño de personas. Naturalmente,
los soñantes son elegidos sin su consentimiento y no conocen en
absoluto que son objeto de tan singular manipulación. Se instalan
laboratorios en varias ciudades. Estos laboratorios se activan por la noche,
y gracias a una sofisticada combinación de elementos biotecnológicos,
se vehiculan las ondas cerebrales de estas personas, que son materializadas
por grupos en las ciudades clave. Con cada grupo, uno o dos miembros de
la anti-conspiración, previamente inducidos al sueño, supervisan
las operaciones que consisten, más o menos, en aprovechar el tiempo
real de un sueño nocturno profundo de toda aquellas personas, para
desenvolverse físicamente en una ciudad, en las fechas alrededor
de las que se suponen que se produjeron los vertidos. La operación
hace años que se desarrolla y sigue estando en su primera fase,
es decir, la de averiguar la identidad de los causantes y cuándo
se produjo. Por esa razón se envía a los soñantes
a los campus universitarios y barrios o ambientes donde se pudiera haber
urdido la conspiración.
De manera que en 1966 hay montones de personas
que tratan con soñantes de finales de siglo. Los primeros no saben
la condición de los segundos y los segundos, viven su sueño
o como mucho, creen estar soñando. Estos mismos, en su vigilia,
conocen gentes que son en realidad viajeros del futuro que sueñan
hacia el pasado. Otras organizaciones, otros objetivos. El resultado es
que, desde que se descubre el método de viajar en el tiempo mediante
la manipulación de los sueños, la historia está llena
de gente de todos los futuros viajando hacia todos los pasados. También
existen organizaciones de desviadores. Nadie sabe muy bien cuáles
pueden ser sus intenciones o a qué consigna obedecen, pero andan
por ahí desviando sueños inducidos. Los desvían a
distintos lugares, merenderos para picnic o cosas peores. Existe la teoría
de que los desviadores están allí como para regular el tráfico
de soñantes, ya que existen riesgos concretos relacionados con uno
mismo y las cosas que en el futuro le puedan implicar personalmente cuando
uno viaja al pasado en un sueño inducido que no cree real. También
hay quien piensa que los desviadores sólo hacen ésto para
divertirse. Tampoco se puede saber de cuándo provienen, de qué
momento del futuro. Por éso también hay quien dice que los
desviadores son los únicos que sueñan en presente y no se
desplazan en el tiempo, lo cual provoca refracciones en los sueños
temporales ajenos. Estas refracciones son los desvíos.
En cuanto a gente del pasado que viaje hacia
el futuro, se tiene conocimiento de extraños soñantes que
provienen del pasado. Son fáciles de identificar: si bien en la
vida de vigilia parecen absolutamente reales, en los sueños aparecen
algo difuminados. Por ejemplo, un viajero temporal, soñante o no,
que provenga de 1740 es detectable sensorialmente de una manera completa
por los habitantes de 1964, pero incompleta por los soñantes de
1994 que viajan a 1964.
De todo ésto me enteré en un sueño
que compartí con un grupo de gente dirigido a Berkeley, California.
Algunos de ellos ya habían estado desplazados en muchas ocasiones,
así que habían acabado por descubrir el asunto. Usaron códigos
de desviadores para dejar sólo al tipo que nos conducía y
desplazarnos al lugar del sueño que explicaré a continuación.
Allí me explicaron todo lo que acabo de contar.
No lo olvidéis, si soñáis
que estáis en algún lugar donde los coches parecen un poco
antiguos o la gente anda por ahí escuchando a Jimi Hendrix, sospechad,
podéis estar formando parte de un grupo de sueño dirigido
hacia el pasado.
2. Bueno, ésto sí que eran sueños
comunes o compartidos. Como el siguiente:
Es un lugar común al que llegas desde
la duermevela.
Justo antes del sueño profundo, parece
que existen unos indicadores muy discretos, pero se pueden detectar y seguirlos,
y sin andar apenas, encontrarse en un amplio terreno con mesas de picnic,
árboles frondosos y un famoso merendero con clima de tarde de verano
permanente. Toda esta instalación rodea a una gran carpa llena de
cientos de personas en bañador. Hay un sólo videojuego. Se
trata de un cañón-lanzadera que dispara de un lado a otro
de la inmensa sala rayos de colores que inciden en una gran pantalla que
está en el otro extremo. Todos sonríen y parecen estar de
vacaciones y, a pesar de ir en bañador, llevan una identificación
con su nombre muy visible a la altura del bolsillo superior de la camisa.
Las bebidas son excelentes, encuentro muchos conocidos y nos saludamos.
Es un lugar del que se sale muy fácil. Sólo hay que dudar
un instante de que aquello sea así e inmediatamente te encuentras
proyectado en el sueño de cualquier vecino de tu escalera.
3. Y no sé si fue el sueño de algún
vecino de mi escalera, pero me encontré una vez, de repente, saliendo
de un autocar. Me acababa de dormir y me pareció extraño
encontrarme directamente allí, así que supuse que alguien
ya andaba soñando en ello.
Bien, el caso es que el autocar acababa de detenerse
y todos bajamos de él. Eran personas diríamos de la "tercera
edad" y no parecieron reparar en mí. Todos llevábamos una
toalla y una bolsa de deporte. Nos habíamos detenido delante de
un edificio de apartamentos muy estropeado. Indudablemente, estábamos
en una barriada del extrarradio, bastante degradada. Fuimos tomando en
grupos el ascensor que nos llevaba hasta el último piso. Una vez
allí, nos cambiábamos rápidamente la ropa de calle
por nuestros bañadores. Una mujer de mediana edad iba distribuyendo
a los bañistas en habitaciones, que eran las de un piso normal,
aunque vacías. Al final había una terraza. Cuando pude acercarme
a una ventana vi que de la terraza partía una escalera que descendía
tallada en la roca de un acantilado. No había, pues, otros pisos
bajo aquel, ya no estábamos sobre un edificio, sino en lo alto de
un acantilado de la misma altura. Abajo refulgía el mar. Aunque
la propia consistencia del mar, y de la pequeña playa, y de las
sombrillas a rayas rojas y blancas que estaban diseminadas por ella, era
extraña, digamos que móvil. Concentrando la mirada, se notaba
como una transparencia; a través del paisaje que acabo de describir,
se veía el asfalto de un callejón, unos coches aparcados,
contenedores de basuras... Por la escalera bajaban los primeros grupos
de bañistas. Me encontré en el siguiente grupo que tenía
que bajar.
Al comenzar a descender, miré abajo y
el acantilado, la playa, las sombrillas y el mar volvieron a hacerse reales.
Se oía una música que procedía de abajo. Música
de playa.
Cuando los sueños terminan así, es porque algún vecino sueña algo con mucha fuerza o porque el sueño deja de interesarme o, incluso, porque me he olvidado del resto.
4. Sin embargo, el sueño que voy
a explicar a continuación no terminó por ninguno de estos
motivos, sino porque me desperté de la sorpresa que me produjo:
Nos habíamos puesto de acuerdo unos cuantos
para ir a la fiesta de cumpleaños de un amigo en Girona (no tengo
ningún amigo en Girona). Preparamos regalos y algunas botellas y
cogimos un tren a media tarde. La hora de llegada coincidiría con
el comienzo de la fiesta. El tren estaba bastante lleno, pues era el comienzo
del fin de semana. No había sitio para todos, así que algunos
de nosotros viajábamos en la plataforma.
Deberíamos llevar recorrida la mitad del
viaje cuando, de pronto, hubo una explosión sorda y el tren se sacudió,
se movió de lado a lado y acabó parándose. Noté
un silencio, el silencio que hay después de los accidentes. Todos
los cristales estaban rotos. Comenzaron a oirse gemidos y voces. Vi que
sangraba, quizá por los cristales rotos. Podía mover los
brazos y las piernas. Busqué a mis amigos, ninguno estaba malherido.
Nadie se explicaba lo sucedido.
Pasaron muchos minutos hasta que varias personas
con uniformes de la Guardia Civil y de la Cruz Roja forzaron las puertas
del tren y entraron en él. Iban atendiendo a los pasajeros. Les
pregunté, y me dijeron: ha sido un atentado. Una carga en la vía,
pero todo está controlado. Les recogerán en autobuses después
de las curas de urgencia. Ustedes no están malheridos, pero si quieren
ser hospitalizados, sólo tienen que decirlo, los hospitales están
preparados. En caso contrario, serán conducidos a su destino. Así
que llegamos a Gerona con unos cuantos esparadrapos que no llevábamos
al salir de Barcelona.
Llegamos a la casa de nuestro amigo cuando la
fiesta llevaba varias horas de apogeo. La noticia del atentado había
llegado con algún invitado. Todos estaban expectantes y más
interesados en nuestro grupo que en el propio anfitrión. Preguntaban,
se preocupaban y se tranquilizaban al saber que sólo estábamos
contusionados y rasguñados. Así que fui hablando con uno
y otro casi sin llegar al salón principal, tal era el interés
de todos por nuestra aventura. A las preguntas generales e incluso a las
informaciones que ni siquiera nosotros mismos conocíamos, les sucedieron
otros tipos de comentarios más extraños, y sin extenderme
en su contenido, diré que atribuí mi confusión al
aturdimiento consecuencia del shock. Hasta que, mientras alguien me ponía
la enésima copa de champán en la mano, otro amigo se me acercó
y me dijo: "joder, debe ser muy fuerte, ¿te encuentras bien?" Sí,
claro, le respondí, sólo un poco desconcertado, dolorido,
y supongo que estoy bajo los efectos del shock, pero nada más. "Ya",
me respondió, "menos mal, porque en tu nueva situación...".
Sorprendido, miré a las caras de los que me rodeaban, pero su expresión
sólo parecía corroborar, expectante, la de mi interlocutor.
"Vaya, debe ser algo extraordinario, quiero decir, ¿qué vas
a hacer?", insistió. Perplejo, murmuré una excusa y me dirigí
al cuarto de baño. Entré, encendí la luz y me miré
al espejo: me había convertido en una mulata de metro noventa.
Regresé a la fiesta preguntándome
de dónde habría salido aquel vestido rojo tan sexy que llevaba
puesto. Crek se me acercó y me dijo: "bueno, ahora, con tu nuevo
aspecto, Macromassa va a triunfar totalmente". "Es cierto", dijeron otros
que estaban por allí, "váis a causar sensación en
el Sidecar". De pronto pensé: ahora tendré la regla todos
los meses. Y me desperté.
5. El siguiente sueño es de corte histórico-lingüístico. Váis a ver.
Yo era un periodista de una agencia de noticias
internacional y me encontraba alojado en el Sheraton de Saigón,
cubriendo los últimos días del ejército americano
en aquella ciudad. Me encontraba, pues, viviendo la caída de Saigón.
Aquella mañana unos oficiales habían recomendado a la prensa
que abandonara la ciudad en los helicópteros militares, tal como
la tropa estaba haciéndolo desde hacía unos días.
La llegada del viet-kong era inminente. Así que, tras el desayuno,
subí a mi habitación y comencé a empaquetar mis cosas.
De pronto llamaron a la puerta. Abrí, y me encontré con un
anciano de larga barba blanca, vestido con una túnica de seda, sandalias
y un casquete redondo en el que estaba bordado un dragón dorado.
Su brazo descansaba sobre el hombro de un muchacho de unos veinte años
muy atemorizado.
"Necesito que me ayude", me dijo, "este es mi
sobrino. Llegamos a Saigón hace una semana. Yo debía visitar
el oculista y él me acompañó. Somos de otra provincia.
Desde entonces no hemos conseguido salir de la ciudad. Si los americanos
se marchan, el viet-kong la ocupará inmediatamente. Mi sobrino será
seguramente ejecutado como traidor. He oído decir que cada periodista
puede acompañarse de una persona para huir en los helicópteros.
Llévelo con usted, y le salvará la vida. No temo por la mía,
soy viejo y nadie se fijará en mí".
Acepté. Cogí mis maletas y abandonamos
el hotel. La ciudad estaba en ruinas. Columnas de humo se elevaban desde
los edificios más importantes. Los únicos coches que podían
funcionar, rodaban a toda velocidad, repletos de gente. Aviones de caza
nos sobrevolaban con estruendo. Todo el mundo se dirigía al río.
Junto a él, grandes helicópteros de carga pintados de verde
oscuro despegaban y aterrizaban entre la muchedumbre, levantado nubes de
polvo y agitando el agua amarillenta. Una muchedumbre formada por paisanos
y hombres de uniforme luchaba por subir en cada aparato que se posaba.
Éstos partían sin poder cerrar las puertas.
El anciano se detuvo un momento, supuse que para
despedirse de nosotros, pues ya estábamos a pocos metros. Al otro
lado del río, las terrazas de cultivo se extendían en suaves
lomas. "Para nosotros, para nuestra cultura, el río es la vida",
dijo, mirándome gravemente, "nos da el agua para beber y para cultivar,
nos provee el pescado para comer y viajamos por él para recorrer
nuestro país. Tanto es su valor e importancia que en cada ciudad
que lo jalona, encontrarás homenajes al río, altares en su
reconocimiento, como éste". Señaló a mi derecha. Había
allí un monumento, rodeado de parterres con flores. Era una estela
de piedra de unos cinco metros de altura. En su extremo superior estaba
cincelado un delfín saltando graciosamente sobre el agua. Ví
que la estela tenía una inscripción vertical. Su grafía
me pareció familiar y comprendí que estaba escrita con nuestro
alfabeto. Me acerqué. Eran tres sílabas dispuestas verticalmente.
Leí, de arriba a abajo. La inscripción decía:
IN
DU
RAIN
Me desperté sobresaltado.