El antichton o Contratierra fue una creación
de Filolao, un discípulo de Pitágoras que trató de
explicar con su existencia porqué las regiones occidentales de la
tierra no eran abrasadas por el fuego central y permanecían en el
eterno crepúsculo en que se las suponía. El antichton era
un planeta invisible que se interponía
entre ese fuego central (llamado ětorre de vigilancia de Zeusî o ěcorazón
del Universoî) y la Tierra.
Aristóteles se preguntaba si la Contratierra
no había sido creada para elevar a más de diez -el número
sagrado de los pitagóricos- las cosas
dotadas de movimiento en el Universo. Tanto
él como Platón sembraron nuestra cultura de un pedante desprecio
a la ciencia que, transmitido a través de los siglos, oscureció
largas épocas de la historia. Este es un homenaje a todos aquellos
seres humanos que, desde Pitágoras hasta Newton, trataron de apartar
las ramas del bosque neurótico que había llegado a hacer
olvidar a la humanidad casi todo lo que había aprendido: especialmente
la relación indisoluble entre la naturaleza y nuestra mente, entre
el universo y la Tierra y las fuerzas comunes que mueven todas las cosas.
Algo que, hasta bien entrado el Renacimiento, no volvió a llenar
de salud y esperanza las mentes humanas y las colectivas, los observatorios
y las universidades. Es posible que la Ciencia, en un largo arrebato de
racionalidad, haya llegado a desterrar igualmente el equilibrio heróico
de aquellos que precedieron a la Edad Oscura (celebremos la pequeña
Era de Silvestre II, de 999 a 1003), pero hace ya tiempo que física,
astronomía, biología y matemáticas caminan más
unidas que nunca para desentrañar los nuevos misterios que macro
y microuniverso no dejan de plantear.
"Ningún hombre debería afirmar que es increíble (...) que en el maloliente estiércol, una gallina diligente no pueda encontrar un grano de trigo, incluso una perla o una pepita de oro, si busca y escarba lo suficiente."
(Johannes Kepler, 1571 - 1630)