victor nubla   /   Las Visiones

1989

 

1





La estancia tiene 20 m. de largo por la mitad de ancho y el suelo ajedrezado. La luz, blanca y muy potente, proviene de unos plafones que redondean el ángulo donde las paredes se encuentran con el techo.
En el centro de la habitación, el suelo se hunde aproximadamente un metro, formando una piscina rectangular a la que bajan cuatro escalones y de la que se puede salir por otros simétricos en el costado opuesto.
En la piscina, humea el agua tibia, transparentando impecablemente el mismo mosaico ajedrezado. No hay nadie en la habitación.
Las paredes son totalmente blancas, al igual que el techo y un estrecho zócalo las separa del suelo. Dicho zócalo está formado por hileras de palabras, cuya lectura comienza por: "ocible, khiwys, cintac, coiber, oplios, táburos, eqohad, nhwn...". Es una letanía, un relato sin acciones ni designios, un método adivinatorio, un inmenso trabalenguas y un santoral pagano al mismo tiempo.
Hay dos puertas  simétricas en las paredes más largas.
Se abre una de ellas y una mujer de muy baja estatura entra y se dirige a la piscina. Está desnuda y no tiene un sólo cabello en todo el cuerpo. Su piel es brillante y gris, tiene los párpados cerrados.
Entra en el agua y un agradable olor a flores se extiende por la habitación. Se sumerge por completo tres veces para volver a emerger otras tantas expulsando agua por la nariz. Mientras lo hace, canta una canción sin abrir los labios.
Después, se mantiene flotando en posición fetal, aguantando la respiración.
Sale del agua, cantando de nuevo, subiendo por los escalones opuestos.
Sale de la habitación, también por la puerta opuesta.
El aroma de flores se mantiene durante unos minutos y quizá sigue aumentando.
 
 



2





Vemos lo que se encuentra del otro lado de la puerta:
Es una amplia plaza cubierta, estratificada por terrazas llenas de vegetación hasta una altura de unos sesenta metros. Unas terrazas son de mármol blanco y otras de mármol negro.
La misma luz diáfana de la habitación ilumina la inmensa plaza vacía, aunque esta vez resulta imposible averiguar su procedencia. La cúpula que cierra todo el conjunto está tan lejos que toma un difuso azul turquesa y no puede saberse sobre qué se aguanta ni de qué material es.
Una comitiva aparece descendiendo lentamente los niveles de mármol, portando con gran cuidado una cabina de brillante ébano, de cuyo interior nada puede verse.
El séquito está formado por cincuenta personas vestidas con ropas negras de corte militar, con correajes y cartucheras. Llevan cascos rojos coronados por una punta de flecha plateada.
Prorrumpen todos en cánticos.
Sortean los macizos de flores y los sauces que ocupan algunas terrazas, pero su paso es invariable y monótono, acompañando rítmicamente los cánticos.
Al llegar a la base de la plaza, callan las voces, se detienen los espoliques y dos mujeres cubiertas con túnicas plateadas se adelantan, abren una puerta redonda en un costado de la cabina y miles de mariposas amarillas salen, produciendo con sus alas el sonido del viento, son grandes como la palma de la mano y tienen rostro humano.

Una voz atronadora, recorre todo el lugar:

-¡Cuando la voluntad trasciende una serie de obstáculos que la pereza justifica, se encuentra afortunadamente con lo que buscaba o con algo mejor, sin duda. O al menos, con algo muy interesante, de lo que se deduce: Increíble: Lo que está lejos o cerca, lo guarda la nariz siempre que puede!

La comitiva, encabezada por las dos mujeres emprende el camino de regreso a las alturas de mármol y se aleja ceremoniosamente llevándose su cabina de puertas redondas. Tras ellos, un niño desnudo porta una gran bandera roja en cuyo centro está bordada una elipse plateada.
Una manada de cebras atraviesa la explanada al trote y se alejan, disminuyendo su rumor hasta desaparecer...
 
 


3





Un escenario circular, pero unido a la pared, de manera que el público (unas 50 personas) lo rodea en un 75%, sentado en cómodas sillas de mimbre, entre mesas de mármol redondas o semi?acostados en divanes tapizados de terciopelo. Casi todos toman té en tazas y teteras de plata, o pequeños vasos de licor. Algunos fuman en pipas de agua. Es una sala pequeña, de techo no muy alto y paredes de mármol blanco.
El suelo está íntegramente cubierto por alfombras de terciopelo azul cobalto. Tres camareros de tez oscura y largas túnicas blancas, se deslizan silenciosamente entre las mesas.
Se abre con lentitud y sin producir sonido el telón rojo que rodea el escenario, dejando ver, finalmente, una estructura cúbica de caña trenzada que ocupa su centro. La luz de la sala disminuye y la del escenario se concentra sobre la jaula, en cuyo interior duerme plácidamente un joven ejemplar de león.
Una mujer vestida con una pieza larga de seda azul turquesa hábilmente enrollada al cuerpo, aparece por el fondo, trepa hasta el techo de la jaula y se sienta, comenzando a cantar con voz gutural una misteriosa y atractiva melodía.
Es un motivo de un minuto de duración, que repite dos veces, sin variar. Entonces el animal, sin hacer un sólo movimiento y aún aparentemente dormido, inicia un delicado contrapunto basado en ronroneos graves, a veces cortos y otras más prolongados.
Ambos siguen, fluctuando sus sonidos, totalmente compenetrados. La atmósfera de la sala se va perfumando de jazmín. El concierto se prolonga durante quince minutos y después, la mujer desciende de la estructura de caña, saluda tendiéndose en el suelo y se cierra el telón, mucho más aprisa que cuando se abrió.
 
 

4





Después de un servicio de té, se abre nuevamente el telón mostrando que en el escenario han habido grandes cambios. Un anciano de larga y brillante barba rizada que le llega hasta la cintura está sentado en una especie de trono de madera pintado como mármol. En una mano sostiene un libro abierto y en la otra porta un báculo con un puño en cada extremo, curvados en sentido opuesto uno del otro, de manera que debe agarrar el extraño cayado por el centro. Está tocado con un gorro de forma ovoide incrustado de pedrería.
En medio de un silencio total, comienza a recitar en un lengua desconocida para los presentes, pero que les produce un efecto sobrecogedor, a causa de la profunda voz del poeta, y tranquilizador, puesto que las terminaciones de los versos les producen una agradable sensación que se transmite a todo el cuerpo.
Al salmodiar, se acompaña de golpecitos que da con el báculo en el sitial y en cada pausa, pasa una página del libro.
En una de las pausas, el escenario gira silenciosamente, llevándose al poeta barbado y descubriendo un hermoso decorado nocturno: Grandes estrellas brillantes cubren el cielo y una niña desnuda vierte el agua de dos jarras doradas en un pequeño estanque. Cuando las ha vaciado, mira al público y sonríe. Es rubia y de piel blanca. Su sonrisa tan franca y cálida levanta comentarios en varios puntos de la sala.
De todas las estrellas, una de mayor tamaño comienza a girar sobre sí misma provocando la admiración de los asistentes. Esta situación escénica se prolonga durante cinco minutos, siendo tan subyugante el brillo de las estrellas que varias personas de entre el público entran en éxtasis místico y levitan.
El escenario vuelve a girar, esta vez al mismo tiempo que se cierra el telón. Una hermosa música mecánica se introduce en el ambiente.
 
 

5





Un lugar grande y espacioso, de tres pisos de altura; un paralelepípedo gris y hermético desde el exterior, a excepción de una gran puerta de seis metros de altura, también gris, pero metálica. En su interior, paredes negras y dos grandes palcos que rodean el espacio a partir de los diez metros de altura. En el suelo, una barra de mármol negro da la vuelta al local, excepto en la pared de la entrada. En el centro se eleva una estructura cúbica de material translúcido de considerables dimensiones, que irradia una luminosidad verdosa. Es en realidad un gran escenario que se eleva hasta cinco metros de altura.
Sobre él, comienzan a caer las luces de numerosos focos amarillos que descubren a tres hombres frente a sendos pupitres, ocupados por máquinas que emiten destellos verdes y rojos. Dos de ellas, cuentan con extrañas antenas metálicas, alrededor de las cuales, hacen danzar sus brazos los músicos. El tercero recorre diferentes cursores deslizantes en su unidad mientras canta en un micrófono que sale de ella. La música comienza a subir muy, muy lentamente y por unos instantes, se puede leer en el cubo traslúcido, desde todos los lugares de la sala: "Los Hermanos Aborígenes".
Comienzan a apreciarse los sonidos. Podría identificárseles como campanas, grandes gotas de agua, burbujas. Según las manos de los instrumentistas varían su distancia respecto a las antenas, cambian los tonos y los matices. Entre los tres, elaboran una larga secuencia repetitiva que va aumentando poco a poco de intensidad. Este crescendo dura cuarenta y cinco minutos, a lo largo del cual, la luz cambia también muy despacio del amarillo al azul. La sala, bastante llena de público, vista desde el palco superior, parece como un gran bloque de gelatina relleno de figuritas. Todos ellos han permanecido alrededor del cubo traslúcido, oyendo la progresión sonora mediante la excelente amplificación,  habilmente distribuida por todo el espacio en forma de micro-altavoces muy potentes. Han ido dejando de hablar a medida que el volumen aumentaba en tan larguísimo crescendo. Cuando los cientos de secuencias que se han ido sumando se interrumpen a la vez, los mil espectadores permanecen en silencio durante algunos minutos, arrebatados por esa vuelta al vacío que absorbe cualquier sonido posible.
 
 

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Una puerta de cristales opacos, sobre la que cuelga un viejo letrero de madera humedecida por la proximidad del mar: "El Marino Soliviantado y su Perro Dick".
Tras ella, una amplia sala, que simula un interior japonés en el que el papel y la tela hubieran sido sustituídos por plancha de acero y la madera por hormigón. Aún pintados como sus modelos, la particular resonancia que proporcionan al local, delata aquellos fríos materiales.
Arden dos fuegos, uno en cada extremo del comedor y la suma de sus distancias a cualquier punto de la figura geométrica que les rodea es constante.
Los camareros, pintados de arriba abajo de negro azabache, llevan largas uñas postizas. Van y vienen sirviendo en las mesas platos de lentejas, ensalada de alfalfa y apio, piñas en su jugo... vino tinto muy espeso y aceitado, en cuya etiqueta, en inglés y japonés, dice "Club de Admiradores del Arte Culinario del Marino Soliviantado y su Perro Dick". En el centro, se prende un controlado círculo de fuego que rodea a un cortador de troncos, el cual comienza a desbastar uno de al menos cuarenta centímetros de grosor. Cuando la mayoría de los comensales han llegado a los postres, el cortador de troncos, de grandes bigotes y vestido con un maillot a rayas horizontales blancas y rojas, concluye. El fuego se apaga y los camareros recogen los platos de las mesas, que van siendo poco a poco abandonadas.
 
 

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El desierto. Un desierto de arenas rojizas, lleno de insignificantes accidentes que le dan un aspecto marciano. Una vacía autopista lo atraviesa. Junto a ella, crecen inesperados macizos de lechiterna, que la bordean durante algunos kilómetros.
Tiñendo el asfalto de amarillo y violeta, se desencadena un crepúsculo salvaje en el que parecen nadar algunos grupos de avestruces. El anochecer es gigantesco y las aves que pueden volar, suben al cielo para gritarle al sol que no se vaya. Mientras el suelo retiene el calor y algunos pequeños animales salen en busca de alimento, el astro se ha ocultado ya y las arenas roban el color rojo que enriquecía la oscuridad. Un viento frío comienza a agitar los silvestres macizos de euforbiáceas que despiden su acre aroma para toda la vida que comienza.
 
 

8





Más abajo, en el subsuelo, mucho más abajo, profundas cuevas heladas acogen a ciertos seres indiferentes, inequívocamente vivos, aunque diminutos y fijados al suelo a través del hielo. Su color es el gris opaco e invariable.
A su vez, están poblados por un buen número de microorganismos aparentemente cristalizados pero activos y móviles, que viven parasitariamente de aquellos, cuyo tacto es espesamente gelatinoso.
 
 

9





Regresamos al escenario de la visión 5, el paralelepípedo gris y hermético, en cuyo interior han habido algunos cambios: El enorme cubo fosforescente que ocupaba el centro del inmenso local se ha convertido en una pirámide truncada de vieja piedra cuyos lados presentan mohosas escalinatas semidestruidas. En lo alto, de entre la hojarasca podrida, se eleva un pequeño altar, alrededor del cual están labradas imágenes grotescas de rostros deformados y órganos sexuales de distintos animales.La iluminación disminuye hasta hacerse imperceptible y la potente música metálica que generaba el ambiente, desaparece. Cientos de espectadores sudorosos se apartan un poco del escenario, mientras que los que se encuentran en los palcos se asoman todo lo que pueden. Una turbia luz ocre morbidiza las sombras en torno al altar. Un impresionante holograma activo de cinco metros de alto se materializa sobre él. Es un rostro enorme con ojos como cañones lasser. Cientos de ojos y dientes irregulares, viejos y afilados que llenan su inmensa boca. Cuando la abre,  escapan de ella varios pequeños seres horrorizados (una exclamación colectiva surge de la multitud). Aquellos ojos proyectan una frase: "La Coalición del Miedo", sobre las cabezas de los recién llegados. Los pequeños seres escarban entre el humus y la hojarasca, extrayendo instrumentos musicales muy toscos. Cuernos agujereados y piedras huecas. Tres de ellos toman los primeros y les hacen lanzar largos gemidos unísonos. Otros tres golpean las piedras con palos en cuyo extremo hay atadas otras piedras de menor tamaño. El sonido de tal percusión parece provenir de lo más hondo de la tierra. Los seis intérpretes no deben medir más de un metro de alto y tienen largos y enmarañados cabellos que escapan de las capuchas de sus pardos y sucios hábitos, la tosquedad de cuya confección es evidente.
El holograma con el temible rostro de cien ojos comienza a desaparecer y se percibe la incorporación de un coro de tres pequeñas mujeres que aparecen por detrás del altar, salmodiando una lista de nombres incomprensibles:  "Ocible, Khiwys, Cintac, Coiber, Oplios, Táburos, Éqohad, Nhwn...". La atmósfera se vuelve entonces verdosa y produce una sensación de insanidad.
El coro femenino arrecia. La percusión se detiene. Ahora, voces y vientos se desplazan hacia un vigoroso desenlace, de corte épico, que adquiere inesperadamente una cualidad giratoria, convirtiéndose el sonido en una enorme y mareante espiral acústica que agita la gran masa de aire que contiene el edificio. Primero, como una ligera brisa, al poco, como un viento feroz que lo azota todo. Con los cabellos revueltos y las ropas volando, el público trata de cobijarse saltando al interior de las barras.
Con la entrada de la percusión, la orquesta de extraños hombrecillos salvajes se lanza a un tutti desenfrenado durante el cual, el viento arrebata vasos, botellas, maletines y algún espectador de poca estatura.
De pronto, el silencio.
Después, el estrépito de lo que regresa al suelo.
Un murmullo general se eleva desde el público.
Una de las pequeñas mujeres se adelanta y una alfombra de humo espeso cubre sus pies. La luz se torna azul, nítida y fría y la mujer habla con voz aguda y resquebrajada, pero llena de firmeza y a la vez de ausencia:

-El encantamiento para rendir indefenso al que vive en la arena de la cueva del cuerpo blanco y negro.

La iluminación cambia a un gris tan oscuro como la noche.
Un nuevo y enorme holograma tridimensional aparece en el humeante escenario, un gran ser viscoso, semienterrado en un lecho de arena. Parece enfurecido y lanza zarpazos a diestro y siniestro. La traslúcida gelatina que cubre su piel, se desprende de vez en cuando en un espeso goteo. Sus ojos miran con el odio de una fiera acorralada, como si se hallase anclado en aquel agujero arenoso. Es absolutamente mudo.
Los músicos inician entonces secuencias de golpes a las que se suma un coro grave y monocorde, en el que todos participan. Durante unos minutos se estabiliza y se sincroniza con el holograma, después todo comienza a decrecer, hasta la oscuridad y el silencio total. Cuando la iluminación habitual de la sala se conecta, en lugar de la vieja pirámide y sus pobladores, vuelve a estar, como de costumbre el ya conocido cubo traslúcido.
 
 

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Esplanadas con pirámides invertidas de color salmón. Grandes esplanadas, con cuidados parterres de lilas, claveles, arbustos de laurel que forman avenidas. Las grandes pirámides se sostienen por el vértice y en sus bases aterrizan y despegan los transportes aéreos.
"Campo de espera de los tiempos".
 
 

11





La Isla tiene voz. Son los gritos de las aves en los árboles más altos, el chapoteo de los reptiles sumergiéndose en la ciénaga, el ramaje azotado por el viento, los truenos... el golpear inmisericorde del agua sobre mi propio cuerpo.
La isla tiene color: el del barro y el verde húmedo de toda la vegetación anegada. El negro del cielo trocado en deslumbrante relámpago.
Y olor: La salvaje putrefacción. El humus en el que mis pies se hunden.
La ropa empapada se pega a mi cuerpo. Tiemblo tanto que mi piel parece querer apartarse para que sus músculos puedan escapar. Grandes árboles se desploman abatidos por el viento y el fuego. Yo caigo, también, y el sonido se desvanece. El olor se va; el negro cielo se instala en la tierra. Y aquí queda mi cuerpo, envuelto en el lodo, arropado por la lluvia. Y los insectos, las sanguijuelas y los carroñeros, sólo esperan que deje de llover para ver qué puede hacerse con todo ésto.
Y transcurre la noche, camino de otro lugar, llevándose la ira de la tempestad a otras islas, para otros miedos. Cambia la voz de todo y éso me hace despertar.
Mis ropas son un pesado armazón de barro seco. Un sol reconfortante sonríe en mis párpados y los abro. El verde es brillante y el cielo es de un azul refulgente. El aire limpio despierta mis sentidos. Me levanto y camino sin rumbo hasta que descubro una elevación del terreno. Me dirijo hacia ella trastabillando y trepo ayudándome de las manos, hasta alcanzar la cima de la pequeña colina pelada en la que los lagartos recuperan, al sol, la confianza en la ley de Garret.
Desde esta altura puedo ver prácticamente toda la isla, los bosques a su espalda, el palmeral en la costa sur, el arroyo que nace en una pequeña cascada, unos metros más abajo de donde yo me encuentro. El largo arenal, a la izquierda, los abruptos acantilados al oeste y los pecios encallados para siempre en el arrecife. Ni un sólo vestigio de vida humana, aunque muchos rastros del paso más o menos afortunado del hombre por este lugar olvidado: Canoas desencuadernadas, una pequeña construcción derruida, una pirámide de cráneos junto al palmeral... armas oxidadas y restos calavéricos de animales domésticos.
Bajo, tropezando y deslizándome por los terraplenes hasta la cascada. Me desnudo y me lavo, sumergiéndome en el pequeño remanso donde el agua recupera el plano horizontal para alejarse cantarina por una minúscula garganta de roca gris en la que se mecen los helechos. Nado, río, canto y me tumbo al sol sobre una roca plana.
Entonces oigo el zumbido de las abejas y comienzo a buscar con la mirada hasta que descubro las colmenas. Son siete y están en fila, restauradas, bien dispuestas, preparadas para ser visitadas periódicamente por hombres que recogen los panes para elaborar la miel... no cabe duda. Me tiendo nuevamente al sol y reflexiono sobre ello.
En ese momento, la primera colmena comienza a hablar. Lo hace sumando todos los murmullos de sus abejas, dándoles un sentido abstracto que ni ellas saben, dándoles contenido, recovecos, ganas de olvidarse de todo:

Yo soy la colmena 1. Me conocen así. Hablo de lo que hay en mí: Aquel día, cuánto miedo tuve y cuánta falta me hizo la lluvia. Y qué difícil era caminar..., hablar, mirarte!
Escuchar resultó más sencillo. Pero ya entonces él estaba allí. Dándome fuerza. ¿Haciéndome como soy? ¿Era así antes o lo soy por él? ¿Él me ha hecho así? ¿Cuánto he cambiado desde entonces? ¿O había cambiado ya?
Alto como el cielo estaba el cielo y lloraba la primera lluvia de Agosto. Entonces te vi. He hice por primera vez un camino que nunca fue igual. Nunca fue igual...
Lo evito ahora. Suelo hacerlo.
Suelo sufrir de mal.
El mal es mi peor enemigo porque mi maldad no puede contra él. Columna. Arcada. Pasaje gótico. Escúchame. En el equilibrio de mi barriga bien llena de excusas de esta noche, hoy. Fíjate en mi manera de atar el lenguaje con un hilo de seda. Una maloliente disculpa: pero óyela. Atrévete. ¿Porqué lo guardaste, estúpido, porqué? ¿Cómo harás para deshacerte de él?
Ah... palabras!
Déjalo estar: Fluyes porque las circunstancias te son favorables, pero... ¿Qué hiciste de mi?
¿Dónde está el callo más duro que tu arrasar marciano dejó en el sutil equilibrio de nuestra realidad, gigante-no-colmena?

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La segunda colmena habla:

Tengo en mi interior una mañana que huyó. Un recuerdo de alguien que fui. Un recuerdo de alguien que no fui. ¿Me estás mirando?
Guardo todo aquello que amo. Mi poderío se manifiesta en mis dominios. En mi radio de alcance, todo es mío. ¿Quién eres tú? Y la belleza de estas palabras te hará sentir lo que apenas conoces: El cuerpo que amas es de otra persona. El cuerpo con que la amas, tampoco te pertenece.

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¡CADA PANAL SE EXPRESA A TRAVÉS DEL ZUMBAR DE SUS ABEJAS Y CUANDO LA COLMENA HABLA, LAS OTRAS CALLAN!

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La tercera colmena, habla:

Bien, veamos. No le voy a dar mucho tiempo. ¿Cuál es la suma del cuadrado de un número impar más su inmediato común divisor? Je, je... vaya, vaya! Así que no lo sabe. Pero siéntese, homnbre. ¿Qué, ha disfrutado de su estancia en la isla? Je, je... Un hombre como usted no habrá dejado de encontrar formas de pasarlo bien... Vaya, vaya, estoy seguro de que estoy de acuerdo con usted en todo. O en todo lo que diga, para ser exactos. Yo, como todos los demás, llevo a mi pesar las señales de mi constitución, de mi fabricación. Sean coincidentes con la personalidad que se manifiesta en estos momentos o no lo sean. Vamos, un escándalo. En realidad, a mi no me gusta hablar. No, no. A mi me gusta escuchar. Y lo hago bien. Lo entiendo todo muy rápido... pero éso me da demasiado tiempo libre y no tardo en lanzar mis ideas sobre el momento, lo que he hecho hace un momento y lo que estaría bien hacer dentro de un momento. O dentro de mil años. Qué más da.
Bueno, antes era peor...

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¡EL MURMULLO SE TROCA EN DISCURSO Y AL PARECER LA COLMENA SUEÑA EN VOZ ALTA!

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Hay una cuarta colmena.
La cuarta colmena dice:

Hay un canal, tiene curvas pero no obstáculos. Estás en él, subido a la nave del capitán. El capitán no se expresa por tí. El canal es mejor que cualquier otra cosa.Existe el canal de la transmisión inmediata de las sensaciones a las palabras que ni

tú mismo comprendes. Confía en mí. ¿Viste como ves ahora el horrible vacío de la ausencia común? ¿Qué dios decidió marchar de cacería -un anuncio en el periódico-?
Vueltas y vueltas a las orillas del canal. Tres (3) monedas esféricas... Este es el trabajo individual de las laboras fundamentales de rescate. Esta es tu misión en el intermundo M. No hay más. Sólo, al final, recuperar la tercera moneda.

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La quinta colmena continúa sin dejar apenas un momento de silencio. Estaba impaciente por hablar:

Es a donde van los pensamientos que no buscan la ocupación personal del tiempo, el recreo -ese pequeño descanso-; no hay salida para quien trabaja en el Intermundo M. Recuérdalo, no hay reposo. No hay valoraciones parciales. Hay una luna que se mueve ondulante como si fuese de gelatina. Es tu farolillo conciliatorio.
Tu arma (tu medicina) es la paciencia. También el valium. También la distribución correcta, coherente, concreta, coordinada, concisa, consecuente, consciente... de tu trabajo/tiempo en el sufrido, sugerente, suculento, supino y susceptible Intermundo M.: Un desastre no tomárselo con calma... Una oportunidad de oro: Pon al día todo. Desarrollo intimista. Trabajo para el otro adolescente/dios. La divinidad menor, exótica o no, quien te puso en ello, ni más ni menos. En el otro ello. Por quien trabajas (por supuesto, aparte de la Marquesa de O'Gliv,sin tener en cuenta el asunto de la Marquesa de O'Gliv, prescindiendo -y nunca traicionando- tu fidelidad a la causa de la Marquesa de O'Gliv). Aquí hay un hombre débil que saca fuerza de su debilidad como un iluminado cuyo bautismo clase A es para un servicio imponderable a los escasos signos que resumirá la colmena seis.

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Palabras de la sexta colmena:

Ve pasar a una abeja, su vuelo te advierte: Suerte, realización, fertilidad.
Colecciona las piezas de puzzle que encuentres en la calle / Escribe las frases que no tienen equivalencia en ninguna otra lengua.
Busca la síntesis de tu trabajo para el Intermundo M, de tu servicio al ser que está stisfecho con sus propios planes comunes. Pero no olvides la inapreciable arquitectura de cuadernos, bellas mesas antiguas, suaves plumas para escribir, iluminación ambiental.

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Colmena siete al habla:

Lo demás es basura, querido, no pierdas más el tiempo. Dispersión total * Entusiasmo en el trabajo. Indaga, pero oculta sólo lo que no conozcas.

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El helicóptero se acerca. La escala de mano comienza a descender cuando el aparato agita frenéticamente las copas de los árboles, como hizo la tormenta el día anterior. Trepo y descubro, una vez a bordo, que he olvidado una estilográfica de color amarillo, las llaves de casa, el correo pendiente y un terrario con tritones.

VOB                  IRL
 
 

T U                  CNA
 
 
 

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