
1989
1
La estancia tiene 20 m. de largo por la mitad
de ancho y el suelo ajedrezado. La luz, blanca y muy potente, proviene
de unos plafones que redondean el ángulo donde las paredes se
encuentran
con el techo.
En el centro de la habitación, el suelo
se hunde aproximadamente un metro, formando una piscina rectangular a
la
que bajan cuatro escalones y de la que se puede salir por otros
simétricos
en el costado opuesto.
En la piscina, humea el agua tibia,
transparentando
impecablemente el mismo mosaico ajedrezado. No hay nadie en la
habitación.
Las paredes son totalmente blancas, al igual
que el techo y un estrecho zócalo las separa del suelo. Dicho
zócalo
está formado por hileras de palabras, cuya lectura comienza por:
"ocible,
khiwys, cintac, coiber, oplios, táburos, eqohad, nhwn...".
Es
una letanía, un relato sin acciones ni designios, un
método
adivinatorio, un inmenso trabalenguas y un santoral pagano al mismo
tiempo.
Hay dos puertas simétricas en las
paredes más largas.
Se abre una de ellas y una mujer de muy baja
estatura entra y se dirige a la piscina. Está desnuda y no tiene
un sólo cabello en todo el cuerpo. Su piel es brillante y gris,
tiene los párpados cerrados.
Entra en el agua y un agradable olor a flores
se extiende por la habitación. Se sumerge por completo tres
veces
para volver a emerger otras tantas expulsando agua por la nariz.
Mientras
lo hace, canta una canción sin abrir los labios.
Después, se mantiene flotando en
posición
fetal, aguantando la respiración.
Sale del agua, cantando de nuevo, subiendo por
los escalones opuestos.
Sale de la habitación, también
por la puerta opuesta.
El aroma de flores se mantiene durante unos
minutos
y quizá sigue aumentando.
2
Vemos lo que se encuentra del otro lado de la
puerta:
Es una amplia plaza cubierta, estratificada por
terrazas llenas de vegetación hasta una altura de unos sesenta
metros.
Unas terrazas son de mármol blanco y otras de mármol
negro.
La misma luz diáfana de la
habitación
ilumina la inmensa plaza vacía, aunque esta vez resulta
imposible
averiguar su procedencia. La cúpula que cierra todo el conjunto
está tan lejos que toma un difuso azul turquesa y no puede
saberse
sobre qué se aguanta ni de qué material es.
Una comitiva aparece descendiendo lentamente
los niveles de mármol, portando con gran cuidado una cabina de
brillante
ébano, de cuyo interior nada puede verse.
El séquito está formado por
cincuenta
personas vestidas con ropas negras de corte militar, con correajes y
cartucheras.
Llevan cascos rojos coronados por una punta de flecha plateada.
Prorrumpen todos en cánticos.
Sortean los macizos de flores y los sauces que
ocupan algunas terrazas, pero su paso es invariable y monótono,
acompañando rítmicamente los cánticos.
Al llegar a la base de la plaza, callan las
voces,
se detienen los espoliques y dos mujeres cubiertas con túnicas
plateadas
se adelantan, abren una puerta redonda en un costado de la cabina y
miles
de mariposas amarillas salen, produciendo con sus alas el sonido del
viento,
son grandes como la palma de la mano y tienen rostro humano.
Una voz atronadora, recorre todo el lugar:
-¡Cuando la voluntad trasciende una serie de obstáculos que la pereza justifica, se encuentra afortunadamente con lo que buscaba o con algo mejor, sin duda. O al menos, con algo muy interesante, de lo que se deduce: Increíble: Lo que está lejos o cerca, lo guarda la nariz siempre que puede!
La comitiva, encabezada por las dos mujeres
emprende
el camino de regreso a las alturas de mármol y se aleja
ceremoniosamente
llevándose su cabina de puertas redondas. Tras ellos, un
niño
desnudo porta una gran bandera roja en cuyo centro está bordada
una elipse plateada.
Una manada de cebras atraviesa la explanada al
trote y se alejan, disminuyendo su rumor hasta desaparecer...
3
Un escenario circular, pero unido a la pared,
de manera que el público (unas 50 personas) lo rodea en un 75%,
sentado en cómodas sillas de mimbre, entre mesas de
mármol
redondas o semi?acostados en divanes tapizados de terciopelo. Casi
todos
toman té en tazas y teteras de plata, o pequeños vasos de
licor. Algunos fuman en pipas de agua. Es una sala pequeña, de
techo
no muy alto y paredes de mármol blanco.
El suelo está íntegramente cubierto
por alfombras de terciopelo azul cobalto. Tres camareros de tez oscura
y largas túnicas blancas, se deslizan silenciosamente entre las
mesas.
Se abre con lentitud y sin producir sonido el
telón rojo que rodea el escenario, dejando ver, finalmente, una
estructura cúbica de caña trenzada que ocupa su centro.
La
luz de la sala disminuye y la del escenario se concentra sobre la
jaula,
en cuyo interior duerme plácidamente un joven ejemplar de
león.
Una mujer vestida con una pieza larga de seda
azul turquesa hábilmente enrollada al cuerpo, aparece por el
fondo,
trepa hasta el techo de la jaula y se sienta, comenzando a cantar con
voz
gutural una misteriosa y atractiva melodía.
Es un motivo de un minuto de duración,
que repite dos veces, sin variar. Entonces el animal, sin hacer un
sólo
movimiento y aún aparentemente dormido, inicia un delicado
contrapunto
basado en ronroneos graves, a veces cortos y otras más
prolongados.
Ambos siguen, fluctuando sus sonidos, totalmente
compenetrados. La atmósfera de la sala se va perfumando de
jazmín.
El concierto se prolonga durante quince minutos y después, la
mujer
desciende de la estructura de caña, saluda tendiéndose en
el suelo y se cierra el telón, mucho más aprisa que
cuando
se abrió.
4
Después de un servicio de té, se
abre nuevamente el telón mostrando que en el escenario han
habido
grandes cambios. Un anciano de larga y brillante barba rizada que le
llega
hasta la cintura está sentado en una especie de trono de madera
pintado como mármol. En una mano sostiene un libro abierto y en
la otra porta un báculo con un puño en cada extremo,
curvados
en sentido opuesto uno del otro, de manera que debe agarrar el
extraño
cayado por el centro. Está tocado con un gorro de forma ovoide
incrustado
de pedrería.
En medio de un silencio total, comienza a recitar
en un lengua desconocida para los presentes, pero que les produce un
efecto
sobrecogedor, a causa de la profunda voz del poeta, y tranquilizador,
puesto
que las terminaciones de los versos les producen una agradable
sensación
que se transmite a todo el cuerpo.
Al salmodiar, se acompaña de golpecitos
que da con el báculo en el sitial y en cada pausa, pasa una
página
del libro.
En una de las pausas, el escenario gira
silenciosamente,
llevándose al poeta barbado y descubriendo un hermoso decorado
nocturno:
Grandes estrellas brillantes cubren el cielo y una niña desnuda
vierte el agua de dos jarras doradas en un pequeño estanque.
Cuando
las ha vaciado, mira al público y sonríe. Es rubia y de
piel
blanca. Su sonrisa tan franca y cálida levanta comentarios en
varios
puntos de la sala.
De todas las estrellas, una de mayor
tamaño
comienza a girar sobre sí misma provocando la admiración
de los asistentes. Esta situación escénica se prolonga
durante
cinco minutos, siendo tan subyugante el brillo de las estrellas que
varias
personas de entre el público entran en éxtasis
místico
y levitan.
El escenario vuelve a girar, esta vez al mismo
tiempo que se cierra el telón. Una hermosa música
mecánica
se introduce en el ambiente.
5
Un lugar grande y espacioso, de tres pisos de
altura; un paralelepípedo gris y hermético desde el
exterior,
a excepción de una gran puerta de seis metros de altura,
también
gris, pero metálica. En su interior, paredes negras y dos
grandes
palcos que rodean el espacio a partir de los diez metros de altura. En
el suelo, una barra de mármol negro da la vuelta al local,
excepto
en la pared de la entrada. En el centro se eleva una estructura
cúbica
de material translúcido de considerables dimensiones, que
irradia
una luminosidad verdosa. Es en realidad un gran escenario que se eleva
hasta cinco metros de altura.
Sobre él, comienzan a caer las luces de
numerosos focos amarillos que descubren a tres hombres frente a sendos
pupitres, ocupados por máquinas que emiten destellos verdes y
rojos.
Dos de ellas, cuentan con extrañas antenas metálicas,
alrededor
de las cuales, hacen danzar sus brazos los músicos. El tercero
recorre
diferentes cursores deslizantes en su unidad mientras canta en un
micrófono
que sale de ella. La música comienza a subir muy, muy lentamente
y por unos instantes, se puede leer en el cubo traslúcido, desde
todos los lugares de la sala: "Los Hermanos Aborígenes".
Comienzan a apreciarse los sonidos. Podría
identificárseles como campanas, grandes gotas de agua, burbujas.
Según las manos de los instrumentistas varían su
distancia
respecto a las antenas, cambian los tonos y los matices. Entre los
tres,
elaboran una larga secuencia repetitiva que va aumentando poco a poco
de
intensidad.
Este crescendo dura cuarenta y cinco minutos, a lo largo del cual, la
luz
cambia también muy despacio del amarillo al azul. La sala,
bastante
llena de público, vista desde el palco superior, parece como un
gran bloque de gelatina relleno de figuritas. Todos ellos han
permanecido
alrededor del cubo traslúcido, oyendo la progresión
sonora
mediante la excelente amplificación, habilmente
distribuida
por todo el espacio en forma de micro-altavoces muy potentes. Han ido
dejando
de hablar a medida que el volumen aumentaba en tan larguísimo
crescendo.
Cuando los cientos de secuencias que se han ido sumando se interrumpen
a la vez, los mil espectadores permanecen en silencio durante algunos
minutos,
arrebatados por esa vuelta al vacío que absorbe cualquier sonido
posible.
6
Una puerta de cristales opacos, sobre la que
cuelga
un viejo letrero de madera humedecida por la proximidad del mar: "El
Marino
Soliviantado y su Perro Dick".
Tras ella, una amplia sala, que simula un
interior
japonés en el que el papel y la tela hubieran sido
sustituídos
por plancha de acero y la madera por hormigón. Aún
pintados
como sus modelos, la particular resonancia que proporcionan al local,
delata
aquellos fríos materiales.
Arden dos fuegos, uno en cada extremo del comedor
y la suma de sus distancias a cualquier punto de la figura
geométrica
que les rodea es constante.
Los camareros, pintados de arriba abajo de negro
azabache, llevan largas uñas postizas. Van y vienen sirviendo en
las mesas platos de lentejas, ensalada de alfalfa y apio, piñas
en su jugo... vino tinto muy espeso y aceitado, en cuya etiqueta, en
inglés
y japonés, dice "Club de Admiradores del Arte Culinario del
Marino
Soliviantado y su Perro Dick". En el centro, se prende un controlado
círculo
de fuego que rodea a un cortador de troncos, el cual comienza a
desbastar
uno de al menos cuarenta centímetros de grosor. Cuando la
mayoría
de los comensales han llegado a los postres, el cortador de troncos, de
grandes bigotes y vestido con un maillot a rayas horizontales blancas y
rojas, concluye. El fuego se apaga y los camareros recogen los platos
de
las mesas, que van siendo poco a poco abandonadas.
7
El desierto. Un desierto de arenas rojizas,
lleno
de insignificantes accidentes que le dan un aspecto marciano. Una
vacía
autopista lo atraviesa. Junto a ella, crecen inesperados macizos de
lechiterna,
que la bordean durante algunos kilómetros.
Tiñendo el asfalto de amarillo y violeta,
se desencadena un crepúsculo salvaje en el que parecen nadar
algunos
grupos de avestruces. El anochecer es gigantesco y las aves que pueden
volar, suben al cielo para gritarle al sol que no se vaya. Mientras el
suelo retiene el calor y algunos pequeños animales salen en
busca
de alimento, el astro se ha ocultado ya y las arenas roban el color
rojo
que enriquecía la oscuridad. Un viento frío comienza a
agitar
los silvestres macizos de euforbiáceas que despiden su acre
aroma
para toda la vida que comienza.
8
Más abajo, en el subsuelo, mucho
más
abajo, profundas cuevas heladas acogen a ciertos seres indiferentes,
inequívocamente
vivos, aunque diminutos y fijados al suelo a través del hielo.
Su
color es el gris opaco e invariable.
A su vez, están poblados por un buen
número
de microorganismos aparentemente cristalizados pero activos y
móviles,
que viven parasitariamente de aquellos, cuyo tacto es espesamente
gelatinoso.
9
Regresamos al escenario de la visión 5,
el paralelepípedo gris y hermético, en cuyo interior han
habido algunos cambios: El enorme cubo fosforescente que ocupaba el
centro
del inmenso local se ha convertido en una pirámide truncada de
vieja
piedra cuyos lados presentan mohosas escalinatas semidestruidas. En lo
alto, de entre la hojarasca podrida, se eleva un pequeño altar,
alrededor del cual están labradas imágenes grotescas de
rostros
deformados y órganos sexuales de distintos animales.La
iluminación
disminuye hasta hacerse imperceptible y la potente música
metálica
que generaba el ambiente, desaparece. Cientos de espectadores sudorosos
se apartan un poco del escenario, mientras que los que se encuentran en
los palcos se asoman todo lo que pueden. Una turbia luz ocre morbidiza
las sombras en torno al altar. Un impresionante holograma activo de
cinco
metros de alto se materializa sobre él. Es un rostro enorme con
ojos como cañones lasser. Cientos de ojos y dientes irregulares,
viejos y afilados que llenan su inmensa boca. Cuando la abre,
escapan
de ella varios pequeños seres horrorizados (una
exclamación
colectiva surge de la multitud). Aquellos ojos proyectan una frase: "La
Coalición del Miedo", sobre las cabezas de los recién
llegados.
Los pequeños seres escarban entre el humus y la hojarasca,
extrayendo
instrumentos musicales muy toscos. Cuernos agujereados y piedras
huecas.
Tres de ellos toman los primeros y les hacen lanzar largos gemidos
unísonos.
Otros tres golpean las piedras con palos en cuyo extremo hay atadas
otras
piedras de menor tamaño. El sonido de tal percusión
parece
provenir de lo más hondo de la tierra. Los seis
intérpretes
no deben medir más de un metro de alto y tienen largos y
enmarañados
cabellos que escapan de las capuchas de sus pardos y sucios
hábitos,
la tosquedad de cuya confección es evidente.
El holograma con el temible rostro de cien ojos
comienza a desaparecer y se percibe la incorporación de un coro
de tres pequeñas mujeres que aparecen por detrás del
altar,
salmodiando una lista de nombres incomprensibles: "Ocible,
Khiwys,
Cintac, Coiber, Oplios, Táburos, Éqohad, Nhwn...". La
atmósfera
se vuelve entonces verdosa y produce una sensación de insanidad.
El coro femenino arrecia. La percusión
se detiene. Ahora, voces y vientos se desplazan hacia un vigoroso
desenlace,
de corte épico, que adquiere inesperadamente una cualidad
giratoria,
convirtiéndose el sonido en una enorme y mareante espiral
acústica
que agita la gran masa de aire que contiene el edificio. Primero, como
una ligera brisa, al poco, como un viento feroz que lo azota todo. Con
los cabellos revueltos y las ropas volando, el público trata de
cobijarse saltando al interior de las barras.
Con la entrada de la percusión, la
orquesta
de extraños hombrecillos salvajes se lanza a un tutti
desenfrenado
durante el cual, el viento arrebata vasos, botellas, maletines y
algún
espectador de poca estatura.
De pronto, el silencio.
Después, el estrépito de lo que
regresa al suelo.
Un murmullo general se eleva desde el
público.
Una de las pequeñas mujeres se adelanta
y una alfombra de humo espeso cubre sus pies. La luz se torna azul,
nítida
y fría y la mujer habla con voz aguda y resquebrajada, pero
llena
de firmeza y a la vez de ausencia:
-El encantamiento para rendir indefenso al que vive en la arena de la cueva del cuerpo blanco y negro.
La iluminación cambia a un gris tan
oscuro
como la noche.
Un nuevo y enorme holograma tridimensional
aparece
en el humeante escenario, un gran ser viscoso, semienterrado en un
lecho
de arena. Parece enfurecido y lanza zarpazos a diestro y siniestro. La
traslúcida gelatina que cubre su piel, se desprende de vez en
cuando
en un espeso goteo. Sus ojos miran con el odio de una fiera acorralada,
como si se hallase anclado en aquel agujero arenoso. Es absolutamente
mudo.
Los músicos inician entonces secuencias
de golpes a las que se suma un coro grave y monocorde, en el que todos
participan. Durante unos minutos se estabiliza y se sincroniza con el
holograma,
después todo comienza a decrecer, hasta la oscuridad y el
silencio
total. Cuando la iluminación habitual de la sala se conecta, en
lugar de la vieja pirámide y sus pobladores, vuelve a estar,
como
de costumbre el ya conocido cubo traslúcido.
10
Esplanadas con pirámides invertidas de
color salmón. Grandes esplanadas, con cuidados parterres de
lilas,
claveles, arbustos de laurel que forman avenidas. Las grandes
pirámides
se sostienen por el vértice y en sus bases aterrizan y despegan
los transportes aéreos.
"Campo de espera de los tiempos".
11
La Isla tiene voz. Son los gritos de las aves
en los árboles más altos, el chapoteo de los reptiles
sumergiéndose
en la ciénaga, el ramaje azotado por el viento, los truenos...
el
golpear inmisericorde del agua sobre mi propio cuerpo.
La isla tiene color: el del barro y el verde
húmedo de toda la vegetación anegada. El negro del cielo
trocado en deslumbrante relámpago.
Y olor: La salvaje putrefacción. El humus
en el que mis pies se hunden.
La ropa empapada se pega a mi cuerpo. Tiemblo
tanto que mi piel parece querer apartarse para que sus músculos
puedan escapar. Grandes árboles se desploman abatidos por el
viento
y el fuego. Yo caigo, también, y el sonido se desvanece. El olor
se va; el negro cielo se instala en la tierra. Y aquí queda mi
cuerpo,
envuelto en el lodo, arropado por la lluvia. Y los insectos, las
sanguijuelas
y los carroñeros, sólo esperan que deje de llover para
ver
qué puede hacerse con todo ésto.
Y transcurre la noche, camino de otro lugar,
llevándose la ira de la tempestad a otras islas, para otros
miedos.
Cambia la voz de todo y éso me hace despertar.
Mis ropas son un pesado armazón de barro
seco. Un sol reconfortante sonríe en mis párpados y los
abro.
El verde es brillante y el cielo es de un azul refulgente. El aire
limpio
despierta mis sentidos. Me levanto y camino sin rumbo hasta que
descubro
una elevación del terreno. Me dirijo hacia ella trastabillando y
trepo ayudándome de las manos, hasta alcanzar la cima de la
pequeña
colina pelada en la que los lagartos recuperan, al sol, la confianza en
la ley de Garret.
Desde esta altura puedo ver prácticamente
toda la isla, los bosques a su espalda, el palmeral en la costa sur, el
arroyo que nace en una pequeña cascada, unos metros más
abajo
de donde yo me encuentro. El largo arenal, a la izquierda, los abruptos
acantilados al oeste y los pecios encallados para siempre en el
arrecife.
Ni un sólo vestigio de vida humana, aunque muchos rastros del
paso
más o menos afortunado del hombre por este lugar olvidado:
Canoas
desencuadernadas, una pequeña construcción derruida, una
pirámide de cráneos junto al palmeral... armas oxidadas y
restos calavéricos de animales domésticos.
Bajo, tropezando y deslizándome por los
terraplenes hasta la cascada. Me desnudo y me lavo,
sumergiéndome
en el pequeño remanso donde el agua recupera el plano horizontal
para alejarse cantarina por una minúscula garganta de roca gris
en la que se mecen los helechos. Nado, río, canto y me tumbo al
sol sobre una roca plana.
Entonces oigo el zumbido de las abejas y comienzo
a buscar con la mirada hasta que descubro las colmenas. Son siete y
están
en fila, restauradas, bien dispuestas, preparadas para ser visitadas
periódicamente
por hombres que recogen los panes para elaborar la miel... no cabe
duda.
Me tiendo nuevamente al sol y reflexiono sobre ello.
En ese momento, la primera colmena comienza a
hablar. Lo hace sumando todos los murmullos de sus abejas,
dándoles
un sentido abstracto que ni ellas saben, dándoles contenido,
recovecos,
ganas de olvidarse de todo:
Yo soy la colmena 1. Me conocen así.
Hablo de lo que hay en mí: Aquel día, cuánto miedo
tuve y cuánta falta me hizo la lluvia. Y qué
difícil
era caminar..., hablar, mirarte!
Escuchar resultó más sencillo.
Pero ya entonces él estaba allí. Dándome fuerza.
¿Haciéndome
como soy? ¿Era así antes o lo soy por él?
¿Él
me ha hecho así? ¿Cuánto he cambiado desde
entonces?
¿O había cambiado ya?
Alto como el cielo estaba el cielo y lloraba
la primera lluvia de Agosto. Entonces te vi. He hice por primera vez un
camino que nunca fue igual. Nunca fue igual...
Lo evito ahora. Suelo hacerlo.
Suelo sufrir de mal.
El mal es mi peor enemigo porque mi maldad
no puede contra él. Columna. Arcada. Pasaje gótico.
Escúchame.
En el equilibrio de mi barriga bien llena de excusas de esta noche,
hoy.
Fíjate en mi manera de atar el lenguaje con un hilo de seda. Una
maloliente disculpa: pero óyela. Atrévete.
¿Porqué
lo guardaste, estúpido, porqué? ¿Cómo
harás
para deshacerte de él?
Ah... palabras!
Déjalo estar: Fluyes porque las
circunstancias
te son favorables, pero... ¿Qué hiciste de mi?
¿Dónde está el callo
más duro que tu arrasar marciano dejó en el sutil
equilibrio
de nuestra realidad, gigante-no-colmena?
°°°
La segunda colmena habla:
Tengo en mi interior una mañana que
huyó. Un recuerdo de alguien que fui. Un recuerdo de alguien que
no fui. ¿Me estás mirando?
Guardo todo aquello que amo. Mi poderío
se manifiesta en mis dominios. En mi radio de alcance, todo es
mío.
¿Quién eres tú? Y la belleza de estas palabras te
hará sentir lo que apenas conoces: El cuerpo que amas es de otra
persona. El cuerpo con que la amas, tampoco te pertenece.
°°°
¡CADA PANAL SE EXPRESA A TRAVÉS DEL ZUMBAR DE SUS ABEJAS Y CUANDO LA COLMENA HABLA, LAS OTRAS CALLAN!
°°°
La tercera colmena, habla:
Bien, veamos. No le voy a dar mucho tiempo.
¿Cuál es la suma del cuadrado de un número impar
más
su inmediato común divisor? Je, je... vaya, vaya! Así que
no lo sabe. Pero siéntese, homnbre. ¿Qué, ha
disfrutado
de su estancia en la isla? Je, je... Un hombre como usted no
habrá
dejado de encontrar formas de pasarlo bien... Vaya, vaya, estoy seguro
de que estoy de acuerdo con usted en todo. O en todo lo que diga, para
ser exactos. Yo, como todos los demás, llevo a mi pesar las
señales
de mi constitución, de mi fabricación. Sean coincidentes
con la personalidad que se manifiesta en estos momentos o no lo sean.
Vamos,
un escándalo. En realidad, a mi no me gusta hablar. No, no. A mi
me gusta escuchar. Y lo hago bien. Lo entiendo todo muy
rápido...
pero éso me da demasiado tiempo libre y no tardo en lanzar mis
ideas
sobre el momento, lo que he hecho hace un momento y lo que
estaría
bien hacer dentro de un momento. O dentro de mil años.
Qué
más da.
Bueno, antes era peor...
°°°
¡EL MURMULLO SE TROCA EN DISCURSO Y AL PARECER LA COLMENA SUEÑA EN VOZ ALTA!
°°°
Hay una cuarta colmena.
La cuarta colmena dice:
Hay un canal, tiene curvas pero no obstáculos. Estás en él, subido a la nave del capitán. El capitán no se expresa por tí. El canal es mejor que cualquier otra cosa.Existe el canal de la transmisión inmediata de las sensaciones a las palabras que ni
tú mismo comprendes. Confía
en
mí. ¿Viste como ves ahora el horrible vacío de la
ausencia común? ¿Qué dios decidió marchar
de
cacería -un anuncio en el periódico-?
Vueltas y vueltas a las orillas del canal.
Tres (3) monedas esféricas... Este es el trabajo individual de
las
laboras fundamentales de rescate. Esta es tu misión en el
intermundo
M. No hay más. Sólo, al final, recuperar la tercera
moneda.
°°°
La quinta colmena continúa sin dejar apenas un momento de silencio. Estaba impaciente por hablar:
Es a donde van los pensamientos que no
buscan
la ocupación personal del tiempo, el recreo -ese pequeño
descanso-; no hay salida para quien trabaja en el Intermundo M.
Recuérdalo,
no hay reposo. No hay valoraciones parciales. Hay una luna que se mueve
ondulante como si fuese de gelatina. Es tu farolillo conciliatorio.
Tu arma (tu medicina) es la paciencia.
También
el valium. También la distribución correcta, coherente,
concreta,
coordinada, concisa, consecuente, consciente... de tu trabajo/tiempo en
el sufrido, sugerente, suculento, supino y susceptible Intermundo M.:
Un
desastre no tomárselo con calma... Una oportunidad de oro: Pon
al
día todo. Desarrollo intimista. Trabajo para el otro
adolescente/dios.
La divinidad menor, exótica o no, quien te puso en ello, ni
más
ni menos. En el otro ello. Por quien trabajas (por supuesto, aparte de
la Marquesa de O'Gliv,sin tener en cuenta el asunto de la Marquesa de
O'Gliv,
prescindiendo -y nunca traicionando- tu fidelidad a la causa de la
Marquesa
de O'Gliv). Aquí hay un hombre débil que saca fuerza de
su
debilidad como un iluminado cuyo bautismo clase A es para un servicio
imponderable
a los escasos signos que resumirá la colmena seis.
°°°
Palabras de la sexta colmena:
Ve pasar a una abeja, su vuelo te advierte:
Suerte, realización, fertilidad.
Colecciona las piezas de puzzle que encuentres
en la calle / Escribe las frases que no tienen equivalencia en ninguna
otra lengua.
Busca la síntesis de tu trabajo para
el Intermundo M, de tu servicio al ser que está stisfecho con
sus
propios planes comunes. Pero no olvides la inapreciable arquitectura de
cuadernos, bellas mesas antiguas, suaves plumas para escribir,
iluminación
ambiental.
°°°
Colmena siete al habla:
Lo demás es basura, querido, no pierdas más el tiempo. Dispersión total * Entusiasmo en el trabajo. Indaga, pero oculta sólo lo que no conozcas.
°°°
El helicóptero se acerca. La escala de
mano comienza a descender cuando el aparato agita frenéticamente
las copas de los árboles, como hizo la tormenta el
día anterior. Trepo y descubro, una vez a bordo, que he olvidado
una estilográfica de color amarillo, las llaves de casa, el
correo
pendiente y un terrario con tritones.
VOB
IRL
T
U
CNA